El ser humano ha formulado conceptos, ideas, algunas de ellas las ha sacralizado. Lugares sagrados como La Meca, Medina, la catedral de San Pedro, en Roma, Bodh Gaya, el Tíbet, el río Ganges, el monte Hua, el muro de los Lamentos o el cerro del Tepeyac, donde cada año miles de personas acuden para elevar una oración a la divinidad, realizar ritos de expiación, purificación, arrepentimiento, reflexión, iluminación, etcétera.

El hombre también tiene objetos sagrados, cosas que podrían servir en el día a día: vasos, vasijas, telas, libros; cosas que si no tuviesen una carga semántica sacra podrían servir para tomar el café de la mañana, pero que han sido sacados del mundo, del uso cotidiano para servir a ideales sublimes.

De igual forma, tenemos personas sagradas, seres humanos que han salido de este mundo porque no son más de él, no se dedican a las cosas de la tierra, sino que sirven de guía e inspiración para otros seres humanos que buscan para ellos mismos y para los otros un camino hacia la tranquilidad del alma, la iluminación o la unidad con el cosmos o con Dios mismo.

La tradición occidental se ha visto fuertemente influenciada por conceptos derivados del cristianismo a los que se les ha quitado la carga confesional, han sido desencantados, conceptos como igualdad, libertad o dignidad de todo ser humano tienen un génesis religioso.

Sin embargo, la historia de la religión va más allá de una realidad antropológica, de un constructo filosófico o de grandeza intelectual o artística; también existen historias de corrupción, muerte y sangre. Realidades que aún acontecen, hechos que indignan.

Por siglos la Iglesia predicó el infierno, los horrores del pecado, el castigo eterno, el rechinar de dientes; a partir del Concilio Vaticano Segundo se ha volcado la prédica del perdón, del amor de Dios, de la vida, la libertad y hermandad de los seres humanos.

Hoy la Iglesia se enfrenta a un terrible dilema: ¿cómo hablar de amor y misericordia si algunos miembros importantes de sus filas cometen acciones atroces, si defraudan la confianza de sus feligreses, si dañan, hieren y torturan corporal y psicológicamente? ¿Cómo hablar de amor si las altas cúpulas encubren los delitos de sus miembros, cómo hablar de justicia en una institución corrupta? ¿Cómo predicar la santidad si quienes deben ser guías cometen sacrilegio contra la dignidad del individuo?

Pese a todo esto, se sigue hablando de perdón.

Ante los escándalos de pedofilia y estupro la Iglesia ha guardado silencio, un silencio sepulcral, blanqueado; casos donde el sacerdote simplemente es cambiado de parroquia o a otro país donde se confía en ellos, donde puede seguir abusando de su puesto en la sociedad o la pena máxima, es expulsado del sacerdocio.

Hombres santos y mujeres que han sido ungidos, que salieron de la cotidianidad del mundo para dedicarse a cosas superiores, para ser guías de almas, hombres que rompen esa cotidianidad con el abuso de poder, de confianza; que se sirven a manos llenas de esa mística y que es intocable.

¿Entonces dónde queda la víctima?

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Recientemente el arzobispo primado de México, el «excelentísimo» e «ilustrísimo» señor don Norberto Rivera, en una movilización nacional cristiana en defensa de la concepción tradicional de familia, declaró que los sacerdotes que han cometido algún delito ya han sido perdonados por Dios.

La prédica del perdón hacia los sacerdotes que deberían ser testimonio de caridad y que han defraudado a sus fieles es terrible, ¿dónde queda el alma que ha sido mancillada, ultrajada y que aún confía en Dios? Porque si Dios ya los ha perdonado, ¿por qué yo no debo hacerlo?

El predicar el perdón en estos casos se convierte en un abuso sistemático del poder, en generación de mayor violencia, si Dios ha perdonado entonces no me es permitido reclamar justicia, sólo debo buscar sanar y seguir confiando en sus ministros y unirme a la misericordia de Dios, intentar perdonar y procurar vivir; si acaso no logro hacerlo entonces no soy un buen cristiano, soy yo el culpable.

Queda el olvido y el silencio, pero eso es impensable, indignante. Aceptar la prédica del perdón para situaciones injustas es perversidad, también lo es aceptarlo. Se trata de una imposición de autoritarismo para no actuar, para permanecer pasivos, para no clamar por justicia. La Iglesia ha tratado de sentar en la mesa a víctima y victimario, ha dudado de la palabra de infantes, jóvenes y mujeres; ha querido “mediar” para no causar revuelo, ¿qué clase de mediación puede haber en una relación marcada por la violencia sistemática?

Este ejercicio o práctica de perdonar injusticias es uso y abuso del poder hacia la víctima de abuso sexual, para destruirla dictatorialmente hasta el final. No basta con destruir el cuerpo, se trata también de destruir el espíritu, prédicas perversas que buscan velar por los intereses propios, por el puesto jerárquico social; egoístas que no merecen ser nombrados, sino que su nombre debe gritarse con indignación.

Se predica el sacrificio, pero no la memoria, sin embargo, los actos religiosos tienden a ella, al memorial de lo sagrado; rescatar la memoria y actualizarla es la promesa, la promesa de justicia. La Iglesia ha sabido sortear sus problemas, sobrevivir al baño de sangre que ella misma ha causado, hoy tiene la oportunidad de hacerlo nuevamente, de actuar coherentemente. No todos sus miembros son dictadores totalitarios, hoy el principal guía de la Iglesia católica es un miembro que podríamos calificar de progresista, pero que no se ha atrevido a tocar el poder político y económico de la legión de obispos, sacerdotes y congregaciones alrededor del mundo.

Muchos cristianos están con los pobres, los marginados, desamparados de Dios y del hombre, muchos cristianos claman por justicia, muchos fieles confían en Dios, creen y actúan guiados por la caridad. Es por ello que la institución podría juzgar, podría predicar el perdón de Dios pero no el olvido de los hombres, no la indignación de la impunidad y el encubrimiento, no hasta esperar que el miembro descarriado muera o esté muy viejo para abrir carpetas de investigación. La Iglesia ha dado pequeños pasos, pero insuficientes, casos en los que se ha “juzgado” al prelado, recluyéndolo en un convento o simplemente despojándolo de la dignidad sacerdotal, lavándose las manos y dejando que los juzgados civiles de sociedades católicas hagan lo suyo.


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Se trata de rescatar la memoria de los pobres de justicia, de devolver la esperanza para que las instituciones religiosas no sean casa de mentes perversas, de actos inmundos. Que la Iglesia no sea únicamente una institución que, en sus diversas estructuras locales, sólo busca mantener el poder; para que las religiones no destruyan autoritariamente, para que aquellos que realmente creen y realizan obras por la fe no vean su trabajo manchado, para aquellos que realmente son testimonio de lo que creen, para aquellos que piensan que en su calidad de hombres y mujeres de fe tienen un compromiso social, que no están arrancados del mundo, que en él viven, que deben ver y reclamar justicia.

No escribo para destruir, sin embargo no se puede callar. Restaurar la dignidad y la búsqueda de infinito es sinónimo de promesa.
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Ilustraciones de Sergio Ferro


Gricho: Arriero, campesino, pseudoescribano; gusto de los tamales, el mole poblano, una tortilla con salsa de molcajete, el café de la abuela; los sabores, olores y colores nuevos. Solamente intentando ver el conflicto sin querer solucionarlo.