A Dante Jared, mi maestro…

Por primera vez en mi vida me cagué sin bajarme el pantalón.

El 19 de septiembre un terremoto en México derribó decenas de construcciones y murieron sepultadas cientos de personas. Recuerdo que, como buen freelance en el ombligo de la semana, deambulaba en shorts, chanclas y playera holgada por toda la casa. Mientras escuchaba en youtube «Dum Durfer» de King Krule, me sepultaba a mí mismo con preguntas sobre qué seguiría en mi camino al terminarse mi actual empleo. Desde luego, la inquietud aumenta cuando sabes que ya no estás solo, es decir, cuando sabes que otras vidas, como la de un recién nacido, depende de tu esfuerzo para que pueda vestir, calzar, comer, vivir. Tal era la avalancha mental que me aplastaba que, sin darme cuenta, ya estaba en el piso de arriba a punto de llegar al baño para orinar. Por mi paso vi un florero roto, un portarretratos estrellado y otro que saltaba frenético en el librero hacia el “abismo”. Fruncí el ceño. Rápidamente Lizbeth, mi chica, salió de la alcoba y se plantó frente a mí con nuestro hijo en el portabebés. Al tiempo en que intentaba sujetarse de las paredes, manoteaba y pronunciaba algo que no entendía por culpa de mi distracción. Hice un esfuerzo por escucharla:

«¡André, está temblando!»

… Como si una locomotora se acercara a toda velocidad, sentí cómo las paredes y el suelo comenzaron a sacudirse con furia. Cuadros, libros, adornos y algunos muebles dieron contra el piso. El rugido que pronunció la tierra liberó mi adrenalina, la regó por todo mi cuerpo y lo hizo vibrar de terror. Sobre el suelo vi una vez más el florero hecho pedazos con sus rosas desmembradas, luego a Lizbeth, después vi el portabebés. Cual frágil capullo, lo tomé y bajé trastabillando lo más rápido que pude para ponerlo a salvo. Ya en la calle busqué a Lizbeth y casi choco con ella, pues ya la tenía detrás de mí, descalza, con la mirada de un cordero a punto del sacrificio y con una sonrisa desbordada de locura. La atraje a mi pecho. Juntos vimos cómo las casas se movían con la misma facilidad y lentitud con que los arrecifes son mecidos por la corriente del mar. Al contrario de los vecinos adultos que salían aullando de temor, algunos niños corrían divertidos como si fueran el personaje principal de un videojuego en el que debían sortear lámparas, postes y muros para enfrentar al enemigo final. Sonreían ante sus muestras de habilidad y se burlaban del temor y falta de diversión de sus padres.

Después de que terminó el temblor, esperamos abrazados un momento más Lizbeth y yo. Ladridos de perros, carros que arrancaban a toda velocidad, lamentos y hasta cierto tipo de carcajadas invadieron de manera abrupta el ambiente. Un par de helicópteros rebanaban el cielo. Me separé de ella y nos vimos a los ojos. «Ya iba por ti», le acaricié al oído. Ella resopló con una sonrisa burlona: «Y te iba estar esperando, ¿no?». Debo confesar que su respuesta me incomodó un poco. Me sentí ridiculizado. De ser un solterón cuyos gastos estaban dirigidos a la cerveza, las tablillas de chocolate y el café, mis únicos y grandes vicios, ahora me esforzaba por entender lo que era ser padre, esposo y hasta superhéroe. En el fondo sentí que debía regresar y rescatar a mi mujer, como en las películas en las que el hombre salva a su amada de la tragedia. Era absurdo. Cierto tipo de cine ha dañado mucho a la sociedad con los estereotipos y la realidad recreada. No recordaba que lo que se ve en la pantalla grande es un tiempo controlado, en donde el director, como un dios, lo usa como liga y todo es posible: hace que fluya normal, en cámara lenta o rápida. En cambio, en la realidad, ¡bam!, todo sucede en un estornudo y no hay modo de regresar los mocos con un flashback: como mi paternidad o como un terremoto.

Con lo anterior, no quiero decir que no esté contento con la llegada de mi bebé, todo lo contrario. El 13 de septiembre que nació entendí que la vida misma, por tu bien, te quitará aquello por lo que te afanabas creyendo que era bueno para ti, pero en otras ocasiones te impondrá aquellos regalos a los que te rehusabas porque pensabas que no tendrían ningún sentido. Mi hijo está en esta lista, en la de las sorpresas más bellas y gratas de toda mi vida.

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Lizbeth tenía razón, después de que bajé con el niño para ponernos a salvo, no me iba a estar esperando, gritando: “¡auxilio, auxilio, oh, que alguien me ayude!”. No necesitaba quién la salvara en ese momento, ni yo necesitaba arriesgar mi vida. Ella tenía brazos, piernas y un salvaje espíritu de supervivencia de mucho más naturaleza humana que una costura en el vientre, amenazando con botársele. Pero en realidad lo que tenía mayor importancia para ambos era el bebé, por eso me lo dio. Con un lenguaje físico me dijo: “¡sal con él, que no lo puedo cargar!”, y eso hice.

No había ninguna duda de que el temblor había terminado. Aquiles, el Bulldog de uno de los vecinos, ya no ladraba de estrés. Sus patas frontales estaban bien prensadas de mi pantorrilla y me la follaba. Lo empujé y cayó al césped con los ojos en blanco, babeando y sin dejar de empujar su cuerpo. Resuelto eso, me acerqué al frágil capullo y lo descubrí para asistir a mi bebé: ahí estaba, estiró sus pequeños brazos, bostezó, tomó el dorso de su manita y comenzó a succionarlo. Su diáfano rostro y la paz que adquirió en segundos, engañándose, me sacudió con fuerza el corazón y cortó la adrenalina que me hacía temblar por el terremoto. No era la teta lo que tenía en la boca, ni siquiera salía leche de su mano, pero dormía plácido como si la hubiera conseguido, como si no se hubiera quebrado aquel florero, aquel portarretratos y como si nada hubiera estado en riesgo de ser pulverizado. La calma que lo dominaba me abofeteó, con tan sólo seis días de nacido parecía saber cómo controlar sus inquietudes más que yo a mis treinta y un años. Dormido me parecía más inteligente que yo despierto. Con esos párpados cerrados veía más que el mismo jaguar entre la selva o que el murciélago en sus noches. Fuerte y débil a la vez. Maestro y alumno. ¿Qué debía enseñarte?, ¿Cuánto debía aprender de ti? Sólo deseaba una cosa para él, que la misma paz que lo embargaba en un terremoto, fuera la misma que lo dominara cuando experimentara las innumerables avalanchas mentales que querrían sepultarlo vivo a lo largo de su vida.

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De pronto escuché que gritaron mi nombre, volteé y era Lizbeth, quien se hallaba en la entrada de la casa. “Creo que ya podemos pasar”, me dijo. Después señaló mi pierna: Aquiles nuevamente follaba mi pantorrilla. Mismo proceso: lo dejé empujando su cuerpo en el césped. Ella sonrió, yo también. Sentí deseos de protegerla, tomé mi capullo y lo llevé al interior de la casa, junto a su madre. Cuando llegamos a la sala, aseguré el portabebés sobre el sofá y subí al baño a limpiarme lo que había provocado el temblor… Con una ansiedad que a paso firme se acercaba a mí por la duda de cómo estaría el trabajo después del temblor, llevé el dorso de mi mano a la boca y lo succioné, sabía que no saldría leche, pero lo succionaba con la confianza de que en algún momento llegaría.

En el momento en el que bajé a la sala, mi bebé se alimentaba del pecho de Lizbeth. Abrió sus diminutos ojos, me pareció verlo sonreír. Ahora que podía, aprendía de él y lo contemplaba en una perfecta y bien ejecutada cámara lenta. Mañana quién sabe si podría; ya sea que un proyecto me ocupe o que un terremoto o avalancha mental me entierren sin ningún flashback permitido.