I

Hace un par de años, el 15 de julio de 2014, se hizo pública y circuló por las redes sociales una entrevista donde cierto individuo declaraba que era posible tener relaciones sexuales “consensuales” con animales. Esta persona, al parecer, había sido acusada de tener un “burdel” dedicado a dichas actividades; un burdel de animales, por así decirlo[1].

Recupero ahora esta noticia para reflexionar sobre las fronteras entre lo humano y aquello a lo que podríamos llamar la bestia. Sería en realidad más correcto hablar de la circunscripción de lo humano, es decir, del establecimiento de una serie de límites a su alrededor, como una línea o una muralla. Podríamos hablar incluso de una humanidad asediada. ¿Qué es eso que se encuentra asediado? No me refiero a los humanos en sí mismos, en sus concreciones individuales o grupales, sino a la idea misma, a las concepciones de lo humano. Para poder mantener la ilusión, es preciso mantener los límites. Sin embargo, como ya sabemos, estos límites son porosos. Existen dos o tres delimitaciones fundamentales, en nuestra constitución, probablemente muy antiguas: el límite entre los vivos y los muertos, el límite entre la nuestra y otras especies, y el límite entre la parte masculina y la femenina del grupo. Quizá se les podrían añadir los límites entre grupos, mismos que a veces parecen haber adoptado la segunda forma, es decir, nosotros somos humanos, los “verdaderos hombres” o las “personas”, mientras que ustedes no lo son en absoluto (y por lo tanto pueden ser atacados, muertos, saqueados o incluso devorados por nosotros). También cabría preguntarse es si este nosotros se ha referido al grupo en su conjunto, o únicamente a la parte masculina del mismo; aquí sería necesario efectuar una lectura muy fina de la literatura etnográfica, intentando leer entre las líneas de la “traducción”.


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Los límites, queda claro, pueden superponerse y seguramente también confundirse de maneras diversas. Es posible que el límite entre “especies”, mismo que aquí debe ser entendido en el sentido de “clases” o “tipos” de seres, se superponga al límite entre grupos y al límite entre géneros. Por lo que se refiere al límite entre vivos y muertos, esto quizá sería un poco más complicado, o se daría de una forma más sutil que habría que investigar.

Existen suficientes indicios de que la delimitación de lo humano, de una humanidad capaz de auto-reconocerse como tal entre el conjunto de los restantes tipos de seres, ha sido un proceso largo y complejo; un proceso que con toda seguridad podría considerarse incompleto. Es un proceso que quizá podríamos equiparar a la trascendentalización, es decir, al hecho de dejar de ser inmanentes al mundo. Es el proceso de la toma de distancia, parecido también, quizá, a lo que el filósofo Slavoj Zizek (2006) llama “paralaje”. Ahora ya no estamos del todo en el mundo; estamos ahí en “paralaje”, o quizá podríamos decir en paralelo. Una vez alcanzada esta verdadera hazaña, de inmediato comenzamos a reconstruir el mundo desde nuestra mirada, misma que se encuentra articulada por el lenguaje. Parafraseando a Jacques Lacan, podríamos decir que no es ya únicamente el inconsciente el que se encuentra estructurado como un lenguaje, lo está también la mirada, nuestra visión del mundo. Este mundo es un revoltijo de impresiones que ahora es preciso ordenar de una forma nueva, a partir de los nombres. Los humanos vivimos en un mundo de nombres, de categorías, todo lo cual implica el establecimiento de barreras.

El humano vivo actual, en su capacidad de autorreconocerse como tal, es el producto de todo un conjunto de procesos de delimitación y nominación. La categoría contemporánea de “humanidad”, por ejemplo, su carácter universal, es un desarrollo reciente (Baudrillard, 1980). Hasta hace solo un par de siglos, la “humanidad” de los africanos todavía podía ser puesta en duda, al menos su humanidad plena, y eso autorizaba a los que se consideraban a sí mismos humanos verdaderos a tratar a los africanos como bestias (Peset, 1983). Hace todavía menos tiempo, un determinado sector de una de las sociedades más civilizadas del mundo se auto-otorgó el derecho de considerarse la “raza superior”, lo que puede ser visto como una delimitación de lo humano dentro de lo humano, y tratar a las “razas inferiores”, virtualmente excluidas de lo humano, como bestias, o peor, como animales dañinos, como insectos, como una plaga a la que había que exterminar. Y una vez establecidas estas premisas, no se lo pensaron dos veces.


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No hay criterios claros, ni probablemente llegue a haberlos nunca. En la época actual, post-Darwin, hemos  alcanzado el que podríamos llamar consenso biológico sobre la especie humana –y sobre todas las demás-, la definición reproductivista. Somos de la misma especie si nos es posible reproducirnos entre nosotros, es decir, de manera que nuestra descendencia resulte ella misma fértil. Sin embargo, es algo que nadie parece tomarse demasiado en serio, quiero decir en lo referente a extraer sus consecuencias. Los “humanos” continúan masacrándose entre ellos a partir de diferencias étnicas o religiosas, o ambas a la vez, y una parte de la humanidad sigue estando convencida de tener todo el derecho a apropiarse de los bienes del mundo y de tratar al resto como bestias de carga. El hecho de que actualmente ya no se hable de estas bestias como de “esclavos” no cambia demasiado las cosas. Como siempre, abundan las ideas y las ideologías para justificarlo todo.

Lo de la “especie”, pues, no parece haber servido para mucho. Existe una “declaración universal de los derechos humanos” que resulta ser papel mojado en gran parte del mundo, es decir, para la mayoría de los humanos, por no decir para todos; declaración que además responde a una visión ideológica determinada de lo que es “la humanidad” y de cuál es su sentido y propósito. Los humanos, en su mayoría, continúan viéndose a sí mismos a partir de delimitaciones nacionales, religiosas o étnicas.

II

La delimitación biológica establece claramente, al menos, la separación entre la clase de los humanos y el resto de clases de seres vivos sobre la Tierra. Sencillamente, no es posible reproducirse con gatos o perros, ni con conejos, jilgueros o tiburones, ni siquiera con chimpancés. Ahora bien, en lo referente a las modalidades de nuestra relación con todos estos seres, o clases de seres, la definición biológica ni dice ni puede decir nada. A partir de aquí, todo es ideología, es decir, cualquier postulado dependerá de la “visión de paralaje” humana y de cómo a partir de ella un determinado grupo humano elabore su idea del mundo. Los grupos que actualmente se llaman a sí mismos “animalistas” tienen, pues, toda la razón a la hora de decir que las delimitaciones que establecemos con el resto de las especies son arbitrarias –excepto la estrictamente biológica, la reproductivista-; lo mismo podría decirse, y todavía con más motivo, en lo referente a las que establecemos al interior de nuestra propia especie. Los derechos que nos podamos autootorgar en relación con estas especies son igualmente arbitrarios, del mismo modo que lo serían los deberes que creemos tener con ellas. Ocurre, una vez más, lo mismo al interior de nuestra especie. Pero sea cual sea la posición que podamos tomar a partir de aquí, lo que nunca podremos decir es que dicha posición disponga de un fundamento sólido. Como ya dejó suficientemente establecido Wittgenstein[2] hace muchos años, la ética no resulta fundamentable. Y para los humanos, todo lo que tiene que ver con las relaciones interespecíficas no es ni puede ser otra cosa que una cuestión ética. (Y no sé por qué, o no lo tengo todavía suficientemente analizado, tiendo a sospechar, cada vez más, que toda ética al final se resuelve en una estética. Es decir, sospecho que mi ética es una pura estética, que cualquier decisión ética que tomo la tomo de una forma, y no de otra, por razones estéticas).


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III

Por lo que se refiere a los animales, entonces, un señor puede llegar y puede decir que le gusta cogérselos, igual que yo puedo llegar y puedo decir que me gusta comérmelos, vestirme con sus pieles o cazarlos por deporte, pero lo que resulta más que dudoso es que estas posiciones se puedan fundamentar de alguna forma, quiero decir de alguna forma no ideológica. Apelar para ello a algo como el “consenso” resultaría sencillamente ridículo.

IV

En antropología, la ética no nos resolverá nunca nada, pero podemos apelar a la ciencia. Las relaciones sexuales con otras especies, “consensuales” o no, resultan imposibles porque la “sexualidad” es un campo de juego específicamente humano. Aquí cabe apelar a la verdadera diferencia entre los humanos y todas las demás especies, misma que no reside en la reproductibilidad –esto resultaría banal, porque esto solo permite diferenciar a las especies entre ellas, pero no nos dice nada sobre su “especificidad”, y todavía menos sobre la especificidad humana-, sino en esto que llamamos “paralaje”, o que también podemos llamar trascendencia, o desajuste, o buscar algún término parecido. Los humanos somos los únicos capaces de tomar este tipo de decisiones de una forma “consciente”. Si yo decido cogerme una cabra, una gallina, un gato –bien amarrado-, o una yegua, lo que hago es introducir al animal en un campo de juego delimitado previamente por mí y que solo yo soy capaz de entender y de concebir. El animal de todo esto no sabrá nada. El animal puede dejarse hacer, o intentar zafarse, pero no lo hará en función del consenso o de la falta de consenso, sino en función de sus sensaciones y de cómo las interprete a partir de su programación genética. Los animales carecen por completo de eso que llamamos “sexualidad”; se limitan a desarrollar las conductas reproductivas adecuadas a partir de su programa genético. Incluso en el caso de los bonobos, la conducta “hipersexual” observada entre ellos podría ser llamada más propiamente “sociabilidad” que sexualidad. En su caso, se trata de una conducta estructuradora, igualmente programada, sea cual sea el margen de aprendizaje que queramos reconocer en ella. Por lo que se refiere a la “sexualidad” humana, sea cual sea su carácter, estructurador o desestructurador –todo esto queda por analizar-, es bastante obvio que ha sido aprendida y que ya no tiene nada que ver con la reproducción, aunque ésta se pueda derivar de ella como un efecto colateral.


[1] http://www.vice.com/es_mx/read/el-humano-acusado-de-tener-un-burdel-de-animales-afirma-que-pueden-tener-sexo-consensual-con-humanos

[2] En su célebre “conferencia sobre ética” de 1950 (Wittgenstein, 1989).


Bibliografía

Baudrillard, Jean

1980    El intercambio simbólico y la muerte. Caracas, Monte Ávila Editores.

Peset, Jose Luís

1983    Ciencia y marginación. Sobre negros, locos y criminales. Barcelona, Crítica.

Wittgenstein, Ludwig

1989    Conferencia sobre ética. Barcelona, Paidós/I.C.E.-U.A.B.

Zizek, Slavoj

2006    Visión de paralaje. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica de Argentina.