… después de aquella golpiza que recibió, la mamá no perdía la esperanza de su matrimonio, su familia; así, buscaba por todos los medios mantener a sus dos hijos. Entre otras actividades, decidió comprar cohetes en La Merced para revenderlos por las tardes-noches en la puerta de su hogar, en plena época navideña. Mientras ella hacía el quehacer, cocinaba y preparaba la mercancía del otro día, dejaba a cargo de la venta a sus dos menores: José, de siete años, y Celina, de catorce. Sin embargo, y a decir verdad, la nena era la que procuraba con mayor responsabilidad tanto la venta como el cuidado de la inversión. El otro, se la pasaba jugando en la calle con su trompo o las canicas. También le gustaba la apuesta en la rayuela y darse de porrazos con sus amigos.

Celina no cambiaba esa actitud de cuidado y responsabilidad ante la vida. Mucho menos si sus seres queridos estaban involucrados en alguna circunstancia que lo exigiera: para José fue como su segunda madre. En la ausencia de la biológica, le hacía de comer, le lavaba su uniforme de la primaria y le ayudaba a hacer su tarea con exagerada dedicación. Se debe revelar que si José lograba un diez de calificación en alguna maqueta, era porque su hermana se las ingeniaba en construirla, en tanto él, se las gastaba con sus amigos en las tiraditas o en saltar de la azotea de su casa por un sentido que nadie, más que él, entendía y disfrutaba. Su cuerpo flexible, le permitía amortiguar las caídas una y otra vez y eso lo hacía sentirse Spiderman.

Un día, Celina recibió en el puesto de cohetes al que sería su cliente más frecuente: nunca supo su nombre, pero era un pequeño de unos cinco años de edad que con sólo pararse frente a ella con su inseparable oso de peluche, podía ver en sus diminutos ojos la grandeza de la inocencia, la felicidad y una luz idéntica a la de los castillos de fuegos artificiales. El entusiasmo que irradiaba el niño por los cohetes conmovía a Celina, por lo que cada vez que se presentaba su clientecito, le extendía el puño cerrado y le decía en confidencia: “Ten, Güerito, tu pilón”. Desde luego, aquella niña sabía que contribuía a esa plena felicidad del pequeño: aquel infante de ojos tiernos cuya mirada desfloraba, por su corta edad, un alma multicolor. Igual a la de su hermano José. Igual a la de ella misma.

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La calle fría, con esa estela de neblina característica de las épocas navideñas, estaba escoltada por múltiples gallos que adulaban con su canto la llegada del amanecer. Simón formó su microbús en la base, y desde la ventanilla empañada de la unidad, gritó: «¡Gordo!, échame tres: uno de mole, otro de rajas y uno de dulce pa mi morro”. El tamalero sirvió el pedido con maestría y velocidad y recibió su primer pago, con el que trazó la cruz sobre su rostro articulando un: “En el nombre sea de Dios…”.

Como El Gordo, Simón era reata para la chamba, y a pesar de que su labor era menospreciada por su familia, la ejercía con dignidad, inigualable estilo y por supuesto por necesidad. Sabía que de algún modo tenía que mantener a su esposa e hijo; aquel niño que, a pesar de su pobreza, concibió con esperanza y amor. Bryan Sánchez Lamas, como le había puesto, por una extraña idea de que los gringos son los más chingones, era el motor de su vida, pues no encontraba mayor motivo para trabajar que el de hacer de su chaval un empresario, abogado, ingeniero o administrador reconocido, “Alguien de billetes”, se decía. En la ruta, trataba de enseñarle que un buen hombre debía ser humilde, respetuoso pero sobre todo servicial ante la sociedad. Emprender su profesión con honestidad y vehemencia era con lo que más atosigaba al pequeño Bryan que lo miraba atónito porque apenas y entendía las palabras: tenía dos años.

Juana, su esposa, quedaba fascinada con la instrucción de su marido. Cuando podía ir sentada en la tapa del motor, frente a él, se deleitaba por cómo le hablaba a Bryan y por la amabilidad con que recibía a sus pasajeros, pero sobre todo, por lo diestro que era con el volante, los espejos y la palanca de velocidades. Le parecía que era muy sexy y se deleitaba en respiraciones entrecortadas cuando lo veía manipular todo aquello.

El vaho de los tamales se mezcló con la neblina de la fría mañana. Los tres degustaban unión y amor: algo más que simples alimentos. El Tuerto, checador de las unidades, gritó: “Simón, ya fórmate, tú sales primero pa los Indios Verdes”. Simón quitó el disco de Topollillo que todas las mañanas ponía para su hijo, y puso uno de cumbias, aviso de que formalmente comenzaba su jornada y la llegada de los pasajeros.

Una zapatilla dorada, funda de una pantorrilla trigueña, se posó con fuerza sobre el escalón del microbús. Simón preguntó el destino de su pasajera al mismo tiempo en que recibió la moneda. Para su sorpresa, aquella morena le resultaba sorprendentemente bella. Llevaba un vestido verde tornasol, su cabello chino con finos rayos rubios acariciaba suelto y húmedo sus hombros, y así como sus zapatillas, llevaba unos pendientes, una gargantilla y un brazalete dorados, cuyos diseños le remitían, quizá erróneamente, a alguna faraona de su imaginación. Sumado a esto, podía olfatear un aroma de frescura inigualable, casi mítico.

Todo era una mezcla de ensueño para Simón; se veía aullar, pero aterrizó de chingadazo cuando su esposa lo pellizco discretamente y lo fulminó con una mirada represiva. Entonces, por fin, soltó el cambio sobre la mano de su “faraona” que llevaba varios segundos extendida. Ella se escabulló al interior del microbús y mientras se acomodaba en uno de los asientos, el chofer echó andar la unidad, cambió de canción y la espejeó coqueto: el sonido de los timbales y la conga se alzó presuntuoso con el giro de la perrilla del autoestéreo.

Desde luego, a la faraona se le escapó una sonrisa por el coqueteo del chofer, pero no porque la hubiera cautivado, sino porque le parecía de lo más estúpido y cínico el tipo. Quedarse como imbécil mirando sus caderas y muslos frente a su esposa e hijo, simplemente le parecía reprobable.

Simón no recordaba que aquella faraona voluptuosa era la pequeña Celina, la niña que vivió en el barrio toda su infancia, pero que, por la trágica separación de sus padres, tuvo que mudarse con José, su hermano, a Querétaro en donde ahora vivía su madre. Por un empleo, Celina había vuelto, pero más desarrollada de todos lados. Simón no la reconocía; sólo veía carne por todas partes.

La faraona se arrellanó en su asiento, evitó mirar hacia el frente y se limitó a observar  la mugre en las calles por la ventanilla, entre los perros famélicos, la basura, la población obesa y una luminosa decoración navideña.

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Ya habían pasado varios minutos y la micro, como es normal por las mañanas, estaba a punto del tope. Para tal hora, la faraona ya hidrataba de saliva su vestido a causa del sueño, sin embargo, aquel viaje entre las nubes le fue interrumpido por el grito de un par de payasos que abordaron el transporte: “¡Hooooooooooola amiguitoch! Muy buen día tengan toooooooooodoch uchtedech, yo choy el payachito Ternurita y mi compañero el payachito Luchechita”.

A excepción del pequeño Bryan, que sonreía encantado, tanto la faraona como los pasajeros permanecieron inmutables, ignorándolos. Así, mientras Lucecita se colaba hacia la puerta trasera de la unidad, Ternurita le hizo una pausa al show para colgarse como chango del tubo de la puerta frontal y gritar: “¡Súbale!, ¡Súbale!, Indios Verdes, hay lugares, aire acondicionado, viejas tetonas, bestias negras, mucho jadeo y mucho pulque, ¡Súbale!”.

A pesar de la confusión de Simón por el lenguaje procaz de Ternurita, se detuvo y subieron tres pasajeros más. Pagaron y se acomodaron.

“Ahora chi”, dijo Ternurita mientras observaba su reloj de pulsera, “echtán loch que tenían que echtar. ¡Comiencha  la funchón!”.

Simón, por respeto, le bajó a las cumbias en lo que conducía.

“Lucecita y yo no venimos a venderles mamada y media porque ni compran, tampoco les mentiremos diciéndoles que venimos de un centro de rehabilitación o que nuestra mamá se está muriendo porque no lo creerán, es más, tampoco me sé ningún pinche chiste y, al chile, me caga hacer reír a la gente mientras yo me cago de hambre…”.

El azoro se unificó en el rostro de todos los pasajeros. Ternurita se descolgó la mochila de los hombros y sacó un osito de peluche y un revólver calibre 32 de cañón corto, de esos que abundan en Tepito. La gente se alarmó por completo. Inmediatamente el payaso le metió la pistola por el culo al oso, con el fin de cubrirla, y encañonó al pequeño Bryan, quien seguía riendo ingenuo, intentando acariciar el rostro del peluche. “¡Así está el pedo, putos!”, amenazó el payaso, “Tú… cierra las puertas y no dejes de conducir por ni madres… y tú, ni te pongas a cacarear por tu chamaco como pinche maniaca… y si tooooooooooooodos ustedes cooperan, pos no le doy suelo al rorro… ”.

… “Sí, quería saltar sobre el payaso y matarlo”, me expresaba Simón, ¿pero quién le aseguraba que esa bala no salpicaría la cabeza de su bebé en el rostro de su mujer? Las fauces se le tensaron. El volante sintió el sudor y los músculos de sus garras; aquellas tatuadas en manuscrita con los nombres de su fiel esposa y amado  hijo. Tenía ganas de arrancar el volante.

Al fondo del microbús, el pánico no sólo enmudeció a las víctimas, sino también a Lucecita que, a diferencia de su compañero Ternurita, vivía a penas sus diecisiete años y su primer asalto. Era torpe. Aún con todo, ladeó su morral y comenzó a despojar carteras, relojes, celulares, reproductores de música, tabletas y cuanta chingadera fuera de valor, como le había exigido Ternurita. No obstante, de todos los pasajeros, la faraona permanecía más o menos pacífica, ya que sabía que en su bolso cargaba únicamente un celular valorado en no más de doscientos pesos, por lo antiguo y averiado que estaba, cien pesos en efectivo, sus tarjetas de SINcrédito y sus llaves. Sólo había algo que la inquietaba y de lo cual no quitaba la mirada: que aquel pequeño niño, apresado en los brazos de su madre, acariciaba y jugaba con su muerte en la sonrisa artificial de un oso de peluche, cuya boca, si le era abierta, sería para soltarle un bramido ensordecedor y oscuro. Esos ojos del niño, fulgor multicolor henchidos de pureza, se le cerrarían eternamente para sus padres. ¿Quién podría cometer el error como para que aquella desgracia sucediera? Mientras esto enlutaba a Celina, la sorprendió Lucecita al plantarse frente a ella: “da-da- daaaaa- dame todo el oro que trais”. Tras unos segundos de fruncir el ceño, la faraona logró articular: “¿Oro?, no traigo oro”. “No te hagas, tu- tuuuuuu brazalete tu cadena y eso” Celina esbozó una sonrisa atemorizada: “…Es que no son de oro”, confesó.

Era cierto, era fantasía lo que cargaba: accesorios comprados en los suburbios de la Ciudad de México. La gente se lo había dicho: “Te ves bien con lo que te pongas”. Su sonrisa, amabilidad, lenguaje, personalidad, pero sobre todo su belleza, podrían hincar a cualquier diseñador de mundo frente a ella. Entre la sociedad, sólo le bastaba una buena imitación para estar dentro. Por lo anterior, quizá, aquel decorado ordinario que cargaba hoy, no era de menor valor que oro en bruto para los delincuentes.

La faraona ya se había desprendido tanto de los aretes y la cadena, sólo faltaba el brazalete, el más ostentoso, pero que le era imposible desabrochar.

Con el oso frente a Bryan, Ternurita seguía con el “show” para no alarmar a la gente del exterior, pero no despegaba la mirada de la faraona. Miró la hora en su reloj, después por la ventana, se ubicó y reventó: “¡Quítate esa mierda antes de que grite el oso, puta!” Celina alzó la mirada y vio directamente al niño, quien acariciaba el peluche. Simón la espejeaba ansioso, rogándole con la mirada que diera el brazalete. Juana también le suplicaba con el llanto contenido. Como pudo, se apresuró a quitárselo, rasguñando con torpeza su propia muñeca. Masculló nerviosa: “Pero es que no es de oro…”. Ternurita elevó la cara del muñeco hasta la frente del bebé, en tanto él sonreía. El payaso, cerca de los treinta y dos años, sabía que no tenía nada que perder, desde su infancia le había coqueteado al abismo y, como siempre, arriesgaría todo. Se previno: le ordenó al chofer que abriera las dos puertas, y así fue. En lo que esto sucedía, Lucecita tomó la bolsa de la “faraona” y sin abrirla la abultó entre las demás chivas del morral y se la colgó al hombro a pesar de que sus piernas eran hilachos y estaba al borde del paroxismo. Seguido de esto, le arrebató a la mujer de su propia mano la muñeca y comenzó a forzar el brazalete con torpeza. Cuando la faraona lo miró a los ojos, una melancolía desconocida la ahogó. De la mirada del chico surgía una llama antigua que la embelezaba y le bloqueaba inevitablemente la respiración. Él, asimismo, se tropezó con esa mirada desnuda que le infundía una extraña paz.

Su compañero seguía encañonando con el oso al niño, pero sin dejar de poner atención a las calles. Cuanto más avanzaba la ruta, su paranoia aumentaba; estaba cerca de aquella calle, de aquel tope, de aquella estación de policías del municipio.

¿Pero por qué asaltar en esa zona y con ese riesgo?

Porque Ternurita sabía que ahí viajaba mucha tecnología y por tanto mucho dinero rápido. Ya había golpeado el lugar hace tiempo, pero solo. Ojeo su reloj nuevamente y, como si éste lo hubiera reprendido, impulsivo gritó: “Ahí viene el tope, ¡bájate pinche Güerito, bájate ya!” …

 

 

 

 

 

 

¿Güerito?

 

 

 

 

 

 

… Al escuchar ese nombre, todo para la faraona, Celina, tomó sentido. Ella y Lucecita se miraron profundamente…

 

 

 

 

 

“¡Que te bajes, cabrón!, ¡Bájate, pinche Güero!”

En lo que el adolescente de diecisiete años escapaba trastabillando, ella cerró los ojos… (Vio sus pequeñas manos recibiendo un puñado de cohetes, vio su sonrisa de agradecimiento y aquellos “ojos tiernos, cuya mirada desfloraba, por su corta edad, un alma multicolor…”).

Ternurita, sin despegar la mirada de Celina, arrojó el oso al suelo, llegó a ella y la encañonó con el revólver 32 lustroso. Vio el brazalete, luego el tope de la calle, regresó la mirada al brazalete y, finalmente, colérico, hizo que el gatillo del revólver diera el cabezazo. Celina sólo apretó los párpados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando la faraona abrió los ojos, observó cómo los payasos abordaban un destartalado topaz negro que esperaba en una calle estrecha, cerca del desagüe del municipio. Desaparecieron.

Juana desahogo sus temores a besos y abrazos en el pequeño Brayan, quien se esforzaba por alcanzar el oso de peluche que estaba en el suelo. Simón, experimentando un sentimiento entre miedo, furia, prudencia y resignación, con ciertas lágrimas contenidas, decidió seguir su trayecto: le subió a la música.

Los pasajeros comenzaron a mirar hacia el exterior como si nada hubiera pasado.

Celina observaba a Bryan con el  oso en brazos. Contemplaba su tierna mirada. En ella, pudo ver al Guerito; aquel niño que disfrutaba quemar cohetes, que agradecía con una sonrisa sus pilones. Celina quiso volver el tiempo, pero solo pudo agachar la cabeza para después mirar por la ventana, en tanto Bryan la miraba con su ahora inseparable oso de peluche.

La ruta se perdió entre los demás automóviles, perros famélicos, basura, gente obesa y una luminosa decoración navideña.

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Celina no volvió a saber del Güerito durante algún tiempo, pero meses después, en su trabajo y frente a su computadora, volvió a correr la vida de este pequeño a través de una nota, en la que supo qué fue de él después de aquel asalto a mano armada.

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Foto de oso en: http://www.tiernosdetallesexpresion.blogspot.mx

*El niño de la fotografía, nada tiene que ver con la historia aquí presentada. El uso de la foto tiene solo fines ilustrativos dentro de la ficción.