Contra lo que dice la «Crítica», Mi vida sin mí (2003) es una de esas películas sobrevaloradas.

¿Será el currículo de Isabel Coixet, directora del filme, que, conforme se consolidaba para ese entonces, menos se cuestionaba por el reconocimiento que ya había adquirido? Seguramente. Un caso similar en México es Amat Escalante, quien gana premios en los festivales de cine más importantes del mundo, cuando una gran cantidad de cinéfilos y críticos de prestigio, lo catalogan como un director tremendista, de contenidos huecos y técnicas absurdas.

Como decía, Mi vida sin mí es una de esas películas sobrevaloradas.

Ann (Sarah Polley), una joven madre de 23 años, tímida y eternamente frágil recibe la noticia de que en ambos ovarios tiene tumores que terminarán con su vida en dos o tres meses. Debido a esto, Ann encubre la verdad a su familia y realiza una lista con diez objetivos que debe emprender antes de fallecer. Es aquí en donde decidirá integrar algunos placeres riesgosos que la harán sentirse viva.

La empatía con el protagónico es, de cierto modo, impotente. Si bien nos compadecemos por el diagnóstico que limita su vida, gracias a esto, gran parte de la trama se rastrea y espera. Hasta en las mismas telenovelas reconocemos el tan reciclado cliché del diagnóstico de muerte. En su lista, Ann anota que debe lograr que alguien se enamore de ella y, cual si fuera una especie de cupido precoz, la cámara nos obvia en ese preciso momento quién será el incauto que sucumba a su plan. El enamoradizo Lee (Mark Ruffalo) se revela y la sucesión de acontecimientos entre éste y Ann no pervierte la imaginación del espectador, sino que la encamina y encajona hacia una relación espesa y tediosa en la que el desahuciado verdugo sólo necesita alimentar su ego para sentirse vivo mientras pueda; muy a pesar de cualquier sentimiento de aprensión que pueda mostrar su víctima. En dicha relación, Ann se transforma en un aburrido y cínico personaje que desde su egoísmo, dolor y falta de sinceridad ante sus circunstancias, siembra lentamente su miseria y frustración en el ingenuo Lee, el cual terminará abatido al final de la historia por no saber que Ann iba a morir. Sí, Mi vida sin mí es el perfecto manual de cómo hacerle pedazos el corazón a una persona, sin pensar en evitarlo.

No sólo a nivel de personaje se siente el distanciamiento, sino en muchos casos a nivel de dirección. Mi vida sin mí es uno de los grandes ejemplos del errado uso de la cámara lenta, pues ésta, no termina de conectar emocionalmente fuera de la pantalla; en primera, por la accidentada ejecución; y en segunda, por la poca precisión en la puesta en escena; es decir, los momentos que Isabel Coixet elige para narrar slow, no son los más afortunados.


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Desde luego, la película tiene muchos temas de interés que nos permiten cuestionamientos de orden social: como el de los matrimonios jóvenes, el de la disfunción familiar (por el problema matrimonial de los padres de Ann), el de la figura de la mujer en su libertad sexual u otros temas de mayor ambigüedad como el del amor. Incluso, el filme puede ser una gran experiencia sensorial a causa de que, a través de los diálogos de Ann, se invita al espectador a revisar su sensibilidad con la naturaleza y los objetos, sin embargo, Mi vida sin mí deja mucho que desear en la accidentada realización y la limitada construcción del personaje.

Sin demeritar su espléndida y esforzada carrera hasta entonces, Isabela Coixet pudo haber titulado este filme en particular: Mi película sin mí; por esa falta de dirección a la que aludo.

Título: «Mi vida sin mí», Dirección: Isabel Coixet, Fotografía: Jean Claude Larrieu, Producción: Agustín Almodóvar, Pedro Almodóvar, Esther García, Cast: Sarah Polley, Amanda Pulmmer, Scot Speedman, Música: Alfonso de Vilallonga Años: 2003, Idioma: Inglés, País: España y Canadá.

IMDB

★★★