Esta es una recopilación de breves crónicas que he titulado Los chicos no lloran, están basadas en hechos reales. Algunos son testimonios de mis alumnos de secundaria o de familiares de mis amigos y otros los he recreado con base en notas periodísticas. Mi intención es hacer un tributo a la construcción de la masculinidad de estos jóvenes en este entorno tan hostil que es México.

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3.- Emilio

Emilio camina rápido por el pasillo con el rostro pálido, desencajado; entra al salón y se desploma sobre su banca, sumerge el rostro entre sus brazos ocultando su silencioso llanto. No se mueve. Los lápices de colores, bolígrafos y cuadernos quedan dispersos alrededor. Palmeo su espalda, no pregunto por qué llora, sé la respuesta: Carmen, su novia, acaba de “batearlo”.

A Carmen la conoce desde primero de secundaria, nunca han estado en el mismo grupo, pero cuando pasaron a segundo, fue que empezaron a conocerse porque ella se hizo novia de su mejor amigo. Anduvieron muy poco tiempo y entonces Emilio se convirtió en su confidente: la escuchaba, limpiaba sus lágrimas, le hacía sugerencias, primero de cómo reconquistarlo y después de cómo olvidarlo.

Pronto Carmen sacó ese clavo con otro y, algunos meses después, con otro.

Emilio siempre estuvo ahí, quedó prendado de los ojos tristes, de las lágrimas, de los pucheros, de las quejas de Carmen, de esa sensación de sentirse el héroe, que la salvaría de esos tipos que no la apreciaban, que la hacían sufrir, que no la amaban como él lo hacía, quedó prendado de ser su hombre. Fue el amigo incondicional por casi un año, soportó los desplantes, las ausencias, mirar cómo suspiraba por otros, cómo besaba a otros. Por fin, cuando entre novio y novio Emi la tomó por sorpresa y se le declaró, Carmen le dio el «sí».

El noviazgo se limitó a andar por el patio en los recesos: él caminaba orgulloso, mirando los ojos de los otros compañeros con los que cruzaban, luciendo a su amada; ella observaba el piso y caminaba con los brazos cruzados.

A Carmen no le gusta el Topo, como le dicen a Emilio, no le gusta su cara redonda y su cuerpo rechoncho, sus ojillos diminutos y negros, su nariz recta y su boca rodeada de esa cicatriz que parece una costura mal hecha (producto de la mordida de un perro, cuenta él). Mira a Emilio con fastidio y se remueve, como si se sacudiera el polvo, cada vez que él extiende su brazo sobre sus hombros. Desde que le dijo el sí, ella ha estado pensando cómo retractarse.

Carmen se armó de valor y rompió con él, diciéndole que «lo quiere como amigo», el Topo suplicó, exigió, manoteó, se exasperó y, seguramente entonces, Carmen explotó y le dijo que había andado con él por lástima. Lo imagino congelado ante esa respuesta, por eso llegó huyendo hacia el salón, antes de que el corazón le estallara.
Le acaricio su cabello erizo sin decirle palabra. Él no responde ni levanta la cara. No escuchará las siguientes clases, no mirará el pizarrón; los cuadernos y los lápices de colores lo vigilan desde el piso.

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4.- Leonardo

A Leonardo se le corta la voz, no hay lágrimas, tiembla de rabia mientras levanta la silla amenazante y la arroja contra un compañero. La maestra de matemáticas y yo lo detenemos. Le pido que me mire a los ojos varias veces hasta que lo hace. Finalmente, logro sacarlo del salón.
Leonardo está diagnosticado con el síndrome de Asperger, su madre no quiso inscribirlo en una escuela para chicos con necesidades especiales, pero tampoco puede pagar una privada, así que Leo ha estado con nosotros desde primero de secundaria.

Siempre porta su sonrisa, más ancha de un lado que del otro y mostrando un poco los dientes. Su mirada se va posando como una mariposa por donde su interés la lleva. Alto, delgado, de piel blanca y ojos marrón oscuro, Leo sabe encontrarle el alma a los objetos y a algunas personas. Toparse con él en los pasillos de la escuela es revitalizante, porque mientras sus compañeros ignoran a los adultos, él va repartiendo abrazos y, si es lunes, te suelta un “te extrañé” o hasta un “te quiero”.

Leo y yo hemos platicado muchas veces sentados en una banca del patio y mientras veo a sus compañeros reñir y golpearse, tratando de mostrar hombría, fuerza, virilidad o liderazgo, Leo me platica de cosas sencillas de su vida diaria, como detalles sobre su madre, de sus abuelos, de sus juguetes.

Sus compañeros lo catalogan como un “idiota”, un “loco”, no comprenden por qué le permiten estar en una escuela junto con ellos; entonces lo molestan, lo ofenden, lo empujan, lo provocan. No es la primera vez que Leo trata de defenderse y busca algún objeto con qué golpearlos, esta vez fue una silla.

-Siempre me molestan, siempre me molestan, quiero matarlos, quiero sacarles las tripas.

-No, Leo, no, tranquilo, sé que estás enojado, pero nosotros vamos a solucionar esto.

-¿Quién?

-Nosotros, los maestros, el orientador. Vamos a hablar otra vez con tus compañeros, vamos a llamar a sus padres. No te preocupes.

Se sienta al borde de una banquita del patio y respira por la boca, suda, se agita y emite un gemido.

-¿Por qué me molestan?

-Porque no te entienden, porque eres diferente.

-Pero no soy malo.

-No, Leo, claro que no eres malo. Eres un ángel.

-¿Soy un ángel?

-Sí.

Su semblante cambia y sonríe.

-Tengo superpoderes.

-Tal vez, ¿cuáles son?

-Soy el superhéroe del amor.

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Crónicas: Gabriela Orozco. Ha escrito obras de teatro, artículos periodísticos, cuentos, poemas y algunos textos históricos. Entre los libros que ha publicado están: “Vencedores y vencidos”, “Mujeres por la Independencia”, “Tiempo Latente”, “Héroes y villanos” (todos en Lectorum), “El espíritu de la piedra” (Plaza y Janés). Sus obras teatrales se han montado en diversos foros, centros culturales y en el Museo del Estanquillo. Actualmente trabaja en una escuela pública y en la producción de un canal web.

Ilustraciones: Mar Gasca Madrigal. Licenciada en Artes por la UAEM. Es seleccionada en el XXXVI Encuentro Nacional de Arte Joven. En 2015 recibe una Mención honorífica en la 1 Bienal de los Volcanes, Fundación Noval, Cuernavaca, Morelos. En 2009 recibe la beca del PECDA, categoría jóvenes creadores en la disciplina de gráfica. Ha trabajado en el Taller de Gráfica La Siempre Habana y Ediciones Corneta, lugar donde actualmente es codirectora y trabaja su obra gráfica. Ha expuesto individual y colectivamente, se apasiona con las estructuras naturales de diversos objetos en las cuales se basa para trabajar su obra plástica. Se interesa por aprender diversas actividades minuciosas como el tejido y el corte de papel. Es una apasionada de la lectura y adora las novelas de Rosa Montero.