Esta es una recopilación de breves crónicas que he titulado Los chicos no lloran, están basadas en hechos reales. Algunos son testimonios de mis alumnos de secundaria o de familiares de mis amigos y otros los he recreado con base en notas periodísticas. Mi intención es hacer un tributo a la construcción de la masculinidad de estos jóvenes en este entorno tan hostil que es México. “César” y “Alexis” son las dos primeras historias de esta serie que espero siga conmoviendo a quienes la leen.

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1.- César

César agacha la cabeza y sus lágrimas bajan como un arroyo desde el lagrimal hasta la punta de la nariz, ahí gotean. No llora al sentir la navaja de rasurar deslizarse sobre su brazo y trazar un hondo surco, ese dolor es soportable, casi un alivio.

César llora cuando recuerda a su abuelo muerto hace tres meses, quien lo cuidó desde que era muy pequeño. Se limpia las lágrimas con la manga del suéter deshilachado y termina de leerme su último texto dedicado a su «Paphu», como le decía a su abuelo. Ahora él es el hombre de la casa. A sus 15 años tendrá que pensar qué haría su abuelo en tal o cual situación, tendrá que actuar a la altura de las circunstancias, porque ya sólo quedan en su casa cuatro mujeres, un chico de ocho años y él.

En el pequeño departamento de dos cuartos vive con su madre, que trabaja todo el día para mantenerlo a él y a su hermano menor. También está su tía, quien procura a su pequeña de seis años. Su abuela, que ahora estará encargada de los tres nietos, hace bolis y gelatinas para tener un dinerito extra a la frugal pensión del abuelo.

César está decidido a buscar empleo para ayudar a la familia, le pido que espere un poco para que termine la secundaria y entonces vea si puede emplearse en algún lugar, o que si lo hace, procure que sea algo que pueda hacer sólo los fines de semana, algo que le sirva para cubrir sus gastos de transporte y de la escuela.

Mientras habla se va calmando, se arremanga el suéter dejando al descubierto las largas costras que cubren las heridas autoinflingidas. Le pregunto cuándo se cortó por última vez y me responde que esas heridas tienen casi dos semanas. “Ya no lo hago, no lo voy a hacer”.

Platicamos un rato hasta que logro hacerlo sonreír. Termina de sorber mocos y de limpiarse la cara como un gato, incorpora su cuerpo largo y delgado. Le pido que entre al salón para que ya no pierda más clases. Asiente con mansedumbre y en tres zancadas ya está dentro del salón.

Mira el pizarrón inexpresivo, no escucha a la maestra y tamborilea con sus dedos las rayas del cuaderno.

Kanek
Kanek

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2.- Alexis

A la cara de Alexis se le ensancha la nariz y enrojece cuando llora, sus lágrimas saltan a los lados como en las caricaturas japonesas, resopla tratando de contenerse. Mueve la cabeza negando cuando uno le pregunta qué le pasa.

Minutos después me busca, aún no logra controlar el llanto, entre espasmos cuenta que fue a buscarlo su padre, ese que desapareció cuando Alexis tenía seis años.

El padre es un expolicía alcohólico, su madre tiró sus fotos, así que Alexis vagamente recuerda su cara, pero siempre tiene presente las palabras con las que su madre hace añicos su imagen: la vez que lo dejó olvidado en la vinatería, las borracheras a las que lo llevaba aún siendo bebé, correrlo de la casa cuando intentó golpearla.

De repente estaba ahí, afuera de la escuela, soltó una de las muletas para agitar la mano y le sonrío. Alexis lo vio como en un espejo que le mostraba el rostro del hombre en el que se convertiría dentro unos años. Alexis se acercó todavía dudando, hasta que su padre se arrojó a él para abrazarlo. El muchacho recogió las muletas en silencio y se dejó llevar a una banca del parque. Ahí, su padre le dijo que ya no bebe, pero es diabético, anda en muletas por una lesión que no logra sanar y está desempleado.

Alexis, que ahora tiene 14 años, lo vio irse hace años entre gritos, insultos y empujones de su madre. Él miro cómo la noche se lo devoraba y no volvió a verlo hasta hoy, cuando casi había olvidado su cara, su timbre de voz, el sonido de las llaves cuando abría la puerta y entraba tambaleante para derrumbarse en el sillón.

Las parejas de su mamá se involucran con ella y a él lo miran de soslayo sin darle un consejo o llevarlo a un partido de fútbol. No importa, de cualquier manera, ninguno se queda y él termina siendo el hombro de su madre, el único que la valora y la consuela.

Ya casi ni piensa en él, pero es su padre de verdad, se ve acabado y está desempleado, enfermo. No estuvo cuando lo necesitó, pero ¡carajo!, es su papá, quiere ayudarlo y no sabe cómo.

Alexis llora recargando la cabeza en el muro hasta que se le acaban las lágrimas. Le pregunto si está mejor y asiente. Entra al salón, se sienta junto a su novia que lo mira con veneración, mientras él cierra los ojos.

Kanek
Kanek

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Crónicas: Gabriela Orozco. Ha escrito obras de teatro, artículos periodísticos, cuentos, poemas y algunos textos históricos. Entre los libros que ha publicado están: «Vencedores y vencidos», «Mujeres por la Independencia», «Tiempo Latente», «Héroes y villanos» (todos en Lectorum), «El espíritu de la piedra» (Plaza y Janés). Sus obras teatrales se han montado en diversos foros, centros culturales y en el Museo del Estanquillo. Actualmente trabaja en una escuela pública y en la producción de un canal web.

Ilustraciones: Kanek Rivera. Estudió artes tradicionales y digitales en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), es especialista en el área de ilustración. Por más de 5 años, se ha dedicado a impartir talleres de arte a niños, actividad que lo ha inspirado por la creatividad y  libertad con que sus alumnos realizan diversos trabajos. Los colores llamativos, las tramas y la nostalgia por la década de los 80, es lo que más destaca en su obra de retratos.

Edición de Ilustraciones: Johana Hernández. Licenciada en Diseño Gráfico con especialidad en Animación y Postproducción Digital. Maestra en Alta Dirección en Comunicación y Publicidad. Es amante de las  manualidades, de pintar con acuarelas, de las flores de colores, del diseño de interiores, de los retos y de la lluvia y su olor, pero no de mojarse los pies.