Daisy estaba en el suelo, desvalida entre vasos vacíos, colillas de cigarros y restos de comida. La falda, levantada hasta los muslos, evidenciaba un par de moretones recientes.

Lloraba con furia, mientras de fondo se escuchaba música banda.

 💃🏻💃🏻💃🏻💃🏻💃🏻

En punto de las catorce horas, llegaron algunos de los último invitados. Ya para entonces, el ambiente estaba echado a andar. De entre los empleados, sobresalían tres que tenían una extraordinaria facilidad para improvisar bromas, chistes y apodos. A uno le decían el “Shagui”: escuálido jovenzuelo de veinticinco años reales, pero treinta arremetidos contra su rostro. El “Trozo de Caca”, otro joven chaparro, gordo y de tez morena oscura. Y el “Capulina”, un hombre de cincuenta y cinco años, también obeso, bigotón y un tanto calvo. Los tres eran, como suele decirse, el alma de la fiesta.

El jefe, apodado por varios como el Doctor Chapatín, porque además del bigote y el cabello canos, todas las mañanas llegaba con una torta en una bolsa de estraza, había organizado una cena para sus empleados con motivo del fin de año. Muy por dentro de sí, hubiera querido ahorrarse los miles de pesos que había gastado en aquel evento. Varias veces evadió las conversaciones en torno a ese día, pero sus empleados, informados en internet sobre las obligaciones y reconocimientos del patrón para tales fechas, se lo impidieron. Comida, botana y grandes cantidades de cerveza, whisky, vodka, tequila y hasta vino, se imponían en las mesas. La rifa, misma que consistía en obsequiar cinco aparatos electrodomésticos entre los trabajadores, cerraría el convite. El Doctor Chapatín vio escapársele sus vacaciones a Cancún con todo aquello; sólo podría llegar a las playas de Acapulco para nadar entre bolsas rotas de fritura, latas vacías de cerveza, corcholatas dobladas y demás basura que decoraba la inmensidad del mar.


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Veintiún invitados ocupaban los maltrechos tablones que rentaron para la cena. Dieciocho eran hombres y tres mujeres, de las cuales, una era la cocinera-mesera y las otras dos, secretarias. De éstas, Daisy era famosa entre los empleados por su descomunal trasero que destacaba de su aburrida vida de escritorio; y Karina, una veinteañera de cabello largo y oscuro, como cascada codiciada de petróleo crudo, que cumplía a penas dos meses en el empleo. La labor de ambas, no era más que telefonear clientes y sacar citas para recibir pagos por medio de los gestores callejeros. Su atención con los empleados era educada, no edificaban ninguna amistad más allá del trabajo. Inclusive, alguien las etiquetó como las amargadas. No obstante, en esa fiesta, ambas llenaban el espacio de un aroma dulce, seductor y un tanto perverso.

Entre murmullos y carcajadas, comenzaron a servir la comida. Tal fue la expectación de los trabajadores que, al ver el primer platillo, no se pudo hacer esperar el ritual del desprecio. Se levantaron  uno a uno de sus asientos, alzaron lentamente los brazos y emitieron un: “uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu”, para terminar al unísono con un:

“¡PUTOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!”.

—Ni en mi casa me cuidan tanto, mi patrón—el Shagui comentó, agachando la cabeza, como si hubiera lanzado una pedrada desde un escondite.

El Capulina se quedó atónito con el plato de ensalada que pusieron frente a él. Ciento veinte kilos de grasa almacenada en su barriga, protestaron en un tronar de tripas por la comida que estaban dando.

—De Cuba para México, hermanos míos, ¡nos moriremos de hambre!

El Gónadas, hombre de sesenta años, quien había recibido tal apodo porque sus mejillas morenas colgaban como testículos, se acercó sonriente al Capu.

—¡Come, está resabroso!, es una ensalada muy cara que se prepara en Europa. Lo vi en un reality show de chefs.

El Capu miró escéptico el platillo, frunció el ceño, contempló su enorme panza que descansaba, plácida, sobre sus muslos, y la golpeó con cariño.

—Ni madres, ¿y hacerle esto a mi amiga que me ha acompañado en las buenas batallas? ¡Ni madres! ¡Quiero caaaaaaaaaaaaaaarrrrrrrrrneeeeeeeeeeeeeee!

Todos protestaron de igual modo. Alguno pidió milanesa con frijolitos refritos.

Al pasar la cocinera-mesera, el Capu la sujeto con fuerza del brazo y le preguntó qué seguía de plato fuerte. Ella le comunicó que vendrían unas jugosas chuletas de res. El Capulina se agitó sobre su silla, sonrió como niño, y le entregó el plato con el pasto saludable, no sin antes sugerirle, que se lo echara a una res flaca para engordarla. Le guiñó el ojo. En tanto se alejaba la mesera, El Capu le dirigió una mirada furtiva a las nalgas, mismas que vibraban a cada paso, lozanas y obscenas, como dos gelatinas.

—Capu, ¿y por qué no trajiste a tu mujer?—el Gónadas preguntó mientras disfrutaba su ensalada con notable educación.

—Está en el hospital, se puso muy mal—respondió sombrío el Capu. Bebió de su whisky.

El Gónadas compartió su aflicción: lo palpó del hombro. Sin embargo, cuando escuchó aquello el Trozo de Caca, soltó una carcajada de incredulidad, le dio un manotazo al Shagui para que le pusiera atención, y entonces se dirigió al Capulina.

—¡Sí, cómo no!, de seguro le pusiste sus putazos y hasta al hospital lo mandaste, cabrón.

Todos rieron, salvo Daisy y Karla que se miraron entre sí, desaprobando el comentario.

—¿Qué?, ¿Se portó mal?—alguien más preguntó y volvió a reír.

El Capulina chasqueó los labios, cogió la botella de whisky y comenzó a prepararse otra cuba, pero más cargada que la anterior.
— No mamen, cabrones, cómo creen, si es lo que más amo.

—¡Ay, no seas mamón, pinche gordo!, ¡Tráiganle un pañuelo al Capulina! ¿O quieres sentarte en mis piernas para consolarte?—sugirió el Shagui. Todos rieron nuevamente. El Capu entendió que empezaba a desbordarse la sorna contra él por su revelación, y astutamente reaccionó: puso su mano sobre la cabeza, frunció el mentón y actuó.

—No lo sé, puede ser, a lo mejor, tal vez—los invitados se ahogaron en risas. Así, el Capu logró disuadir la carrilla.

—¡Salud!—interrumpió el Gónadas, levantando una copa de vino. Le sucedieron todos—Por un año más de vida—propuso.

El Shagui lo observó socarrón y codeó al Trozo de Caca para que le pusiera atención. Contrapunteó.

—Ya sientes que cuelgas lo tenis, ¿verdad pinche ruquito? Ya hasta pura ensaladita comes.

Tanto a Daisy como a Karina, se les escapó una sonrisa que rápidamente reprimieron, Después negaron con la cabeza, desaprobando el comentario del Shagui, pero los demás invitados le dieron libertad a la burla. El Gónadas, intimidado, bajó la copa lentamente.

Todos bebieron de golpe su trago.

Al terminar el furtivo brindis, volvieron a sentarse entre cuchicheos, ruidos de vasos y cuchareos.

El Tintán, señor de sesenta años, engalanado con ropa de vestir, zapatos lustrosos y un cabello-bigote canosos y simétricamente bien cortados, refunfuñó.

—¡Capu, quítate de enfrente, puto gordo feo! ¿Qué no ves que ya me tapaste las bellezas que están frente a mí?—refiriéndose a Daisy y Karina.

—¡Pues muévete tú, pinche cabeza de esperma!—se defendió el Capulina—Ellas están contemplando mi espalda de VinDisel: ¡saben lo que es bueno!

Entre risas de todos los invitados, incluyendo a Daisy y Karina, el capulina cedió y giró su silla.


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Tanto el Capu como el Tintán sentían un aprecio mutuo. La amistad que los unía rebasaba los veinticinco años. La ofensa se había transformado en muestras de cariño. Incluso, presumían de esa confianza, decían que a diferencia de los matrimonios, ellos habían logrado que, a través del desprecio, su amor fuera más entrañable. Cómplices de viajes largos a los que los mandaba el Dr. Chapatín; lo mismo les daba ir a Sinaloa que a Chiapas con tal de estar fuera de sus casas. Ideaban planes juntos para someter a los deudores, ambos recibían los triunfos y los portazos en las narices. Compartían la comida, la botana, la botella de agua y hasta la cama matrimonial del hotel cuando los escasos viáticos les proponía la tentación. Jamás se tocaron, a menos que un frío colado por la ventana, los empujara uno contra el otro, pero inconscientes por el cansancio a causa de la jornada laboral. Lo curioso del caso es que siempre terminaban de a cucharita. Tintán, por lo general, era el que abrazaba por detrás al Capulina, cual lagartija se aferra a una enorme roca. Los ronquidos, más que despertarlos, los arrullaba más.

Ambos miraron a las dos secretarias.

Los demás caballeros también, uno a uno. Recorrieron rostros, tetas y piernas. Las miradas arremetieron más contra las mórbidas caderas de Daisy, las cuales reposaban sobre una silla que comprimía toda su carne, ofreciéndose caliente y deleitable ante los ojos de los dieciocho hombres. Tintán y el Capu se miraron. El primero se mordió el labio inferior, apretó su miembro contra sus ingles y alzó su cerveza frente a su amigo.

—Por lo que nos toca…—le musitó al Capulina. El Capu alzó su copa con una mano y con la otra pellizco la mejilla de su amigo.

—Pinche ruco precoz. ¡Salud!—ambos sonrieron y regresaron las miradas a las dos chicas, quienes permanecían distraídas, platicando entre ellas.

Por fin, la cocinera-mesera puso la carne sobre la mesa. Los hombres enardecieron.

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Continuará…


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