El paisaje urbano, sin duda, no está hecho de carne. Susan Sontag - Ante el dolor de los demás.

No quiero ir a la guerra, no quiero que me maten, porque soy muy joven para ser un cadáver. Flema - No quiero ir a la guerra.

Te comparto la canción completa de Flema, «No quiero ir a la guerra», para que la escuches.


 

La primera vez que pensé en morirme tenía quince años y un cassete de Flema sonando en el estéreo del carro de mi primo. Me había escapado de casa e íbamos rumbo a Cuernavaca huyendo del camino. Oscureció y nos abalanzamos sobre la noche con la voz de Ricky Espinoza alumbrándonos la carretera.

Por mucha velocidad que imprimiéramos a las curvas, o por muy poco que funcionaran los frenos, no morimos, al contrario: sentimos que la vida corría enfebrecida por nuestras extremidades. Días después regresé a casa con la sensación de haber domesticado a la muerte.

Meses más tarde, también durante mi adolescencia, entendí que la muerte está hecha de silencio: me enfrenté por primera vez al cuerpo humano expuesto en un acto de terrorismo. En primera plana de todos los periódicos, dos cabezas puestas sobre un muro paralizaban la ciudad. Acapulco proclamaba su condición de zona de guerra. Era una declaración callada e inamovible; un manifiesto que no admitía otra cosa que no fuera la resignación.

Eran dos cabezas abotagadas, inflamadas hasta lo irreal; amoratadas en un rictus de incomprensión ante lo infinito.

Entonces recordé aquel episodio de meses antes y entendí dos cosas: la primera que la muerte no se domestica, y la segunda que la guerra es su catalizador natural. El puerto ha permanecido impávido ante la inminente hostilidad que en su interior se gesta.

Fotos: José Morales
Fotos: Antares

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Recordé también a Ricky Espinoza cantando sobre la guerra: “No creo en las palabras de los gobernantes/Mandan a los chicos a que los masacren/Bajo un cielo rojo y una lluvia de bombas/Miles de chicos mueren, miles de madres lloran “. Siempre hay algo de desesperanzador en el perecimiento no invocado, en la muerte contra natura. Es la suspensión de la vida. Siempre pensamos en la muerte como algo ceremonioso y solemne, como si hubiera que respetar un guion de una película pensada para que al final de ésta la gente estallé en aplausos. No es común asumirnos como seres sujetos a la mortandad, y la guerra siempre nos acerca a este sentimiento.

Fotos: José Morales
Fotos: Antares

No obstante es engañoso pensar en el conflicto armado como parte de la naturaleza de la muerte, lo más honesto es pensarlo al contrario. El supuesto básico es justo la destrucción del otro, calibrar las fuerzas a partir del desmembramiento de la sociedad.

Decía Susan Sontag, que “la guerra rompe, destripa. La guerra abrasa. La guerra desmembra. La guerra arruina”. Pero no sólo en un sentido inmediato sino también en la medida en la que la guerra nos vuelve espectadores de nuestra miseria. Va destruyéndonos desde adentro, desde la trinchera de la vida. Nos involucra en la dinámica silenciosa de la muerte aunque ésta no siempre signifique la inmediatez, sino más bien un ánimo desesperanzador. Es decir, sumirnos en el desgano que supone la suspensión de toda noción de vida.


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Desde ahí nos observamos, desde la destrucción fronteras adentro (yo creo en la fronteras que rige mi cerebro, dice Ricky) y en el desgaste de nuestras sociedades. Asistimos, pues, a la desarticulación de nuestro organigrama social, a una nueva interpretación de la vida, porque sí, siempre habrá algo que nos salve de este silencio: ya sean la mera voluntad de ver los créditos finales de nuestra película (con aplausos o no), la voz de Ricky gritando en medio de la carretera, o el simple miedo a lo infinito.

Para comprender más este texto, te sugiero escuches las canciones que te comparto en el orden en que aparecen.

Flema – «Tiempo de Morir»

 

Flema – «A los chicos de mi barrio»