En este día, deja que te haga lo que quiera.

LO QUE QUIERA

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Llegará por ti en su auto recién lavado y aromatizado de flores. Tocará el timbre; al verte salir de casa, te besará con pasión. Mirarás al rededor, el pasto del jardín estará impecablemente podado, los rosales palpitarán como corazones, y te preguntarás quién lo hizo, pues una noche anterior todo lucía un tanto descuidado. Te verá como queriendo confesarse, pero antes de hacerlo y de que tú cuestiones, te tomará del brazo y, mirando y saboreando tus firmes nalgas, te conducirá triunfante a su vehículo. Abrirá la puerta; con una reverencia bien ensayada, te invitará a entrar. Cerrará con exagerado cuidado para no golpearte las piernas ni los hombros. Deteniendo el tiempo con su poder divino, te sonreirá a través del vidrio. Sí, su sonrisa perfecta, entre angelical y perversa, te hará sentir en el estómago una extraña sensación que no lograrás entender: deseo, nervios, placer, temor, excitación.

Sin darte cuenta, ya estará al volante con la agilidad y seguridad con la que un felino apresa su caza. Bajo una noche estrellada, conducirá por un sendero enmarcado de árboles. ¿Su destino? Un restaurant.


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Llegarán. Se bajará e irá a tu puerta para abrírtela. Te pedirá tu mano; la pondrás en una caricia sobre la suya y te levantarás. Otra vez, con su poder divino, congelará el momento: las sonrisas de ambos destellarán y revelarán los síntomas confortables de su interior. Caminarán tomados de la mano por una senda de antorchas encendidas que los llevará a la entrada del restaurant. La mesa que días antes reservó dará a la ventana en la que se alcanzará a ver a un grupo de jóvenes semidesnudos que ofrecen un espectáculo con aros de fuego. Te preguntará qué quieres escuchar, tú dirás: “Deusa do Amor», de Moreno Veloso. Sonreirá porque siempre ha admirado tu selecto gusto por la música. El mesero ordenará la pista. Ustedes dos comenzarán a charlar mientras la cena se prepara. Te hablará del trabajo, de sus derrotas, triunfos, aciertos, errores; de cómo funcionó perfectamente bien aquello que le sugeriste.  Tomará tu mano y acariciará con su pulgar los vellos de tu dorso. Te robará un suspiro. Tú hablarás del estado de tu proyecto y su creciente éxito. Te verá con amor y admiración. Besarás su frente.

A su al rededor, unas cuantas mesas más estarán ocupadas, notarán que las parejas actúan indiferentes. Algunas de las mujeres comerán serias y en silencio,  varios de ellos observarán para todas partes menos a quien tienen enfrente. Alguien te coqueteará. Tú tomarás las manos de tu pareja y se las besarán mutuamente. Aquella persona que intentó seducirte, sonreirá nerviosa, acariciará la cabeza de su acompañante y se alejará hacia el baño, huyendo de su vergüenza por tan fallido logro.

El mesero llegará con dos platos humeantes de fetuccini al pesto espolvoreados con queso parmesano, pan francés recién horneado, aceite de olivo, y dos copas de agua mineral fría. Comerán, sonreirán, la grasa afrodisíaca del fetuccini le dará un brillo erótico a los labios de ambos. Juntos lograrán en ellos, el sabor de una pasta sazonada por sus propias salivas compartidas: sabor que ningún chef gourmet podría igualar en la cocina. El corte de la bebida revitalizará la seducción y se besarán una y otra vez con frenesí. Bocado a bocado: pasta, pan, bebida; el plato dejará el rastro de un placer arrancado con ansiedad y deleite. Uno y otro mirarán el espectáculo de los jóvenes de la ventana. El tiempo, divino, lo detendrá nuevamente para desplegar ante sus ojos cada gota de sudor que, los músculos viriles de brazos, caderas, vientres, piernas y nalgas, tanto de los hombres como de las mujeres danzantes, se alcanzará a respirar y quemará el interior de los dos a pesar de la distancia. Lo saben ambos: no es la danza tribal, no son los cuerpos semidesnudos lo que los transporta al éxtasis, sino lo que estos les recuerda de ustedes mismos cuando están unidos piel a piel en la cama.

Volteará a verte con embeleso.

El resplandor de las llamas de los aros de fuego, dará tenue sobre su rostro, ojos. Sacará dinero y pagará la cuenta. Entenderás. Se levantarán y saldrán del lugar con la sonrisa de dos niños que saben harán travesuras.

Llegarán a casa. Para tu sorpresa, las sábanas blancas que cubrían tu cama, ahora estarán en el jardín, formando una especie de campamento árabe. Lo entenderás: se anticipó en arreglar todo el espacio para ti. Los rosales palpitarán con mayor fuerza al recibir tu mirada embriagada de amor. El interior de la casa improvisada resplandecerá por algunas velas de aromas cítricos que saldrán de la estancia para descansar en tu envidiable olfato. Los dos hincharán sus pulmones con el seductor olor. Endiosándote, se agachará para quitarte tus zapatos: el pasto húmedo se colará entre los dedos de tus pies. Abrirá la cortina que fungirá como puerta y, con una reverencia bien ensayada, te invitará a entrar. Descubrirás que de extremo a extremo cuelgan telas transparentes rosas, rojas, abrazadas por una sutil nube de humo. Un futón marrón yacerá sobre el pasto; imaginas que tiene unos brazos abiertos. Ambos se mirarán; notarás que en su rostro se dibuja aquella sonrisa entre angelical y perversa. Despertará en ti una vez más esa extraña sensación en tu estómago: nervios, deseo, temor, placer, excitación. El palpitar de tu corazón simulará un percusión de música bereber, pero antes de que puedas decir algo, verás cómo su entallado vestido rojo, sostén y pantaletas caerán sobre el pasto. Sus pechos y nalgas quedarán expuestas para tus manos, boca. Ese peinado rígido que se hizo para sorprenderte, lo deshará y la madeja de cabello sedoso que siempre has amado de ella, colgará como cascada sobre su menuda espalda, dispersando su aroma dulce e incomparablemente femenino. Se acercará, te besará y lamerá delicadamente tus labios. De súbito la detendrás.

La mirarás abstraído a los ojos…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Gracias por todo, nena, por la cena… la velada… tu locura…

Te besará con arrebato. Desabotonará tu camisa y te la quitará; tu busto y el de ella se encontrarán como dos rugientes incendios. Tu cinturón se escabullirá como serpiente y tu pantalón y calzoncillos se verterán sobre el pasto. Con un gemido de sed, lamerá tu pecho y músculos de los brazos. En sus largas, rojas y afiladas uñas, apresará tus nalgas; aquellas que vio y saboreó cuando llegó por ti en su auto. Con calma, te llevará al vientre del futón, el cual te hará sentir sobre tu piel, una textura similar a la piel de un reptil. Mahrnia, tu mujer, se montará en ti y te embestirá para penetrarse así misma con tu miembro, aquel que, húmedo y firme, habitará cada rincón de su interior. Bocarriba, descubrirás una especie de tragaluz formado con las sábanas blancas: mientras la luna te sonríe desnuda, obscena y se derrama en ti, tú lo harás dentro de Mahrnia, inundando todos los huecos de su ser.

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En este día, deja que te haga lo que quiera. Sí, lo que quiera. Ella, pagando y planeando cómo sorprenderte y enamorarte, se sentirá libre y feliz; y tú, hombre, créeme que también. Al final de la noche siempre se terminará igual en estricto sentido: uno

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(  r  )

( a )

¿O no?

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Soundtrack


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Foto por: Oleg Kosirev, en: www.eroticalia.wordpress.com