¿Quién es ella para mí?

La vieja. La moneda. La cara. El cabello. Las manos. El corazón. La tele. La radio. El banco. La vida. El árbol. La histeria. La historia. Lo suave. El olor. Las arrugas. La cara. Las llaves. El cascabel. El carro. El temblor. El techo. El vino. La alfombra. La hamaca. La terraza. El carro. Los cheques. La escuela. El sábado. El color rojo. Las uñas. La radio. La música. Alfonsina y el Mar. A mi manera. La ropa. Las cajas. Los cajones. Las caricias. El bienestar. Los gritos. Las palabras. El odio. La repugnancia.

La madre.

El vicio.

Imágenes perturbadas, una ráfaga con olor a tabaco, sus manos impregnadas en mi memoria, sus arrugas, su perfume, sus llaves sonando en la puerta. Ella, con su cabello oscuro, negro como azabache, con sus labios rojos, con su visión, su vista tras los lentes, su todo. Redonda y fuerte, mujer de grandes voces y colores fuertes. Mujer sola, mujer, mujer. Valiente fue ella. Mi madre, mi madre. Ella. Sólo la vida que hemos llevado juntas entenderá quién es doña Cecy, ella dice que ni yo la conozco, que muchas cosas no me ha dicho. Le creo. No me ha dicho, por ejemplo, de mi padre, sólo sé que lo odia, queda claro que ella no lo perdonará nunca. Ni él a ella. Sólo ellos saben qué pasó, yo soy una testigo muda y sorda, pues el trauma de su separación lo viví desde su vientre. Ella decidió separarse de él pocos meses después de arrancar su relación, dice que había mucho alcohol en él, dice que era violento y celoso. Él dice que mi madre nunca le dijo de mí. Pelea y más pelea. Tengo 38 y aún no sé qué pasó.

Fumaba mucho, no podía salir ni estar en casa sin una cajetilla de Marlboro. Esa era su marca. Cuando ella se quedó sin trabajo comenzó a probar otras marcas, Alitas, Delincuentes y otras raras de la India que no recuerdo siquiera su nombre, ni la caja, ni nada. Ella fumaba todo el tiempo. El humo estaba presente en las salas de juntas donde ella lideraba a sus compañeros, todos varones, todos cabrones, ella la única mujer. Recuerdo al señor Escoboza, recuerdo que lo sentía como si fuera mi abuelo. Él la quería, o eso se sentía, pero no era un cariño sexoso, era un amor padre-hija. Mi mamá usaba tacones hasta llegar a la sala de juntas, yo quedaba siempre en un rincón observando el humo y creando historias con él. Era un lugar oscuro lleno de palabras que no entendía. Balances, compradores, proveedores, la tienda, las cajeras, los cheques, las autorizaciones, las horas y horas de trabajo, todo eran totales, el juicio del buen trabajo se daba en la medida que cuadraba o no cuadraba.

Ahora veo que yo me convertí en mi madre. Sólo que en lugar de fumar tabaco fumo mota. En lugar de usar blusas rojas uso moradas. El negro de su cabello se convirtió en el negro de mi ropa. Sus labios rojos en mi cabello. Y sus cuentas se convirtieron en mis cuentos. Las dos somos contadoras, una de números, la otra de historias.

Era todo un ejemplo a seguir, madre soltera, mujer de trabajo, ejecutiva, inteligente, con libros siempre junto a su cama,  leía y escuchaba música, manejaba largas horas del trabajo a la casa y viceversa. Era una guerrera, una mujer de vanguardia. Me llevaba a la escuela, ahí todos la adoraban, mis compañeros hacían fila cuando llegaba por mí para que les pintara un beso en la mejilla. Era una mamá cool por decirlo de alguna manera. Yo llevaba el mejor lunch de toda la escuela, me ponía hot cakes dollar con tiras de tocino perfectamente bien cortadas, de la misma forma y tamaño, acomodados de tal manera que mus tuppers al abrirlos mostraban platillos gourmet. Tocino delicioso, jugo de naranja, chuletas con piña, o sándwiches de mil pisos, todo en extra para compartir con mis compañeros. A mí simplemente no me gustaba comer tanto, y dejaba más de la mitad siempre. Mis amigas me rodeaban para que les diera comida a la hora del receso. Esos eran los únicos momentos donde mis amigos de la escuela me hacían caso. El resto del recreo me la pasaba sola en el patio, viendo a todos pelear y jugar (creo que es lo mismo).

Mi mamá tenía el carácter muy fuerte, todos le temían, sobre todo yo. Sus ojos eran suficientes para que hiciera siempre lo que ella dijera. No podía pedir algo que no fuera lo que ella pensaba sería lo estrictamente adecuado para mí, los vestidos, la comida, la Coca-Cola, los dulces. Según ella yo le había dicho que odiaba los “Bubulubus” porque eran muy dulces, ¿cuándo? ¿Yo? ¿Neta? ¡Carajo! ¿Qué niño en su sano juicio odia los “Bubulubus”. Pues esa marca de dulces en mi casa estaba prohibida, no existió, el refri nunca supo de ellos, mis labios probaron y mi lengua paladeó un “Bubulubu” hasta que comencé a trabajar y podría comprarme uno. Son una pinche delicia, lo juro, saben a rebeldía, saben a mevalemadreloquedigaCecilia.


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Pero era mi madre, la amaba más que a nada, más que a los “Bubulubus”, todavía en mi adolescencia estaba segura, segurísima que no podría vivir sin ella. Ahora simplemente quiero matarla, desaparecerla, ojalá pasara algo que la borrara de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve, al estilo de Silvio, ojalá pasara algo que la alejara de mí para siempre. Pero yo la quería mucho, en serio, me sentía muy orgullosa de mi madre, de su esfuerzo, de su carácter, de su conocimiento, su sabiduría. ¿En qué momento comencé a odiarla?

Me asumo como la pareja de mi madre por muchos años, aunque tenía mi cuarto, muchos, muchos días dormí en su cama, la escuché roncar, la veía y aún con sus ronquidos se me hacía hermosa, orgullosa mujer contadora. Nadie podía separarnos. Ningún hombre se metía entre nosotras. Éramos sólo las dos. Mi madre y yo. Todavía en la adolescencia llegué a dormir varios días en su cama. Recuerdo que mis pies siempre estaban fríos y sólo sus piernas podían calentármelos. Recuerdo que las cobijas y las sábanas siempre estaban limpias, que la cama siempre estaba perfectamente tendida. Recuerdo también sus largas horas frente al espejo, ella siempre sale bien arreglada (aunque ahora ya no tiene dientes). Prefiere salir sin dientes que salir sin tubos. Mi mamá prefería llegar tarde a cualquier lugar (todavía lo hace) pero siempre bien arreglada, con harto maquillaje, con mucha parafernalia: colores extravagantes, estampados de leopardo, telas plateadas, tacones dorados, bolsas también doradas. ¿Por qué no?

Mi mamá compró un departamento en Tlatelolco, poco antes del temblor del 85. Siempre he pensado que el temblor quebró no sólo una cuidad, no sólo edificios y concreto. El temblor quebró la cordura de mi madre.

Ella no fue la misma.

Y yo fui menos niña.

El temblor la alejó poco a poco del éxito profesional, de la estabilidad económica, del caviar en la alacena, de las latas de ostiones ahumados, de las botellas de vino para regalar a todo mundo en navidad. Esa opulencia se alejó de nuestra vida.

Comenzó a salir en la madrugada desesperada cuando no había una cajetilla en alguna de sus aparatosas bolsas. Buscaba, hurgaba, sacaba colillas de los ceniceros y salía en la madrugada a comprar su cajetilla de cigarros. Una bocanada no era suficiente, apenas la cajetilla la saciaba para continuar con otra de inmediato. Llegaba a apagar un cigarro y prender el otro con la colilla del anterior, y así. Siempre fumó enfrente de mí, y el olor que quedaba en sus dedos me encantaba, casi al grado del éxtasis. Ese olor para mí era la calma, la tranquilidad, la ternura, las caricias. Sus manos rozaban mi rostro de niña con ese olor, sus carnes me abrazaban, ella era como el humo de sus cigarros me envolvía hasta la asfixia, era humo con cadencia, elegante, seductor. De pronto ya no podía respirar, de pronto yo era la niña enfisema.

No había un mejor lugar para estar que en los brazos de mi madre. Nada me podía pasar mientras ella me rodeara, mientras sintiera su grasa envolverme, mientras me protegiera de profesores malvados, de compañeritos pasados de lanza, de familiares ojetes. Nadie se atrevía a meterse conmigo, ELLA SIEMPRE ESTABA AHÍ, siempre.

Iba a la prepa a ver cómo estaba su única hija; mis amigos, como siempre, rodeaban a la mamá cool, porque les daba cigarros y les pagaba tortas. Cuando todavía servía el teléfono para socializar, mis amigos llamaban a mi casa, yo siempre contestaba, ellos seguido pedían hablar con ella.

-Hola Emy, ¿me pasas a tu mamá?

Y yo con cara de what.

-¿Neta? ¿Con mi mamá? ¿Para?

-Es que quiero que me aconseje qué hacer con mi papá. Tu mamá es la mejor, mi papá es un ojete, lo odio. ¿Me pasas a tu mamá?

-¡Mamá! ¡Te llama FabiánMiguelAnaPerlaPepeMarcoCindySusanaGuabaFernandoMemoClaudia!

Tuve un novio que era el tipo más tierno, era taaaaan tierno, pero taaaan tierno que yo simplemente no lo aguantaba. Carajo, era darketa, eso de andar por la calle con un globo en forma de corazón por un “mesiversario” cumplido, no era padre, de hecho era bastante humillante. El buen Mike me amaba, no, más que eso, él me adoraba, perdimos la virginidad juntos y se clavó cual Jesucristo lastimero en mi corazón, sangrante hasta la muerte. La verdad coger con él es de las experiencias más aburridas que he tenido en mi vida. Era buen chico, escribía poemas y siempre me iba a ver en las tardes a casa. Mi mamá y Mike se llevaban bien, se entendían mejor que él y yo como novios. Un par de veces salieron a tomar café. So-los. Y yo con brazos cruzados en espera de mandar a la verga a semejante pedazo de idiota. Carajo era darketa. Ustedes entenderán. ¿Qué putas hacía él con mi madre? Un día ella nos encontró en pleno acto, yo estaba atada de pies y manos, en mi cuello había un nudo extraño, difícil de desamarrar. Estábamos sobre la alfombra verde, yo medio desnuda, Miguel encima de mí. El cascabel del llavero de mi madre, el que de niña me emocionaba, en este momento se había convertido en un toque de adrenalina. Miguel se levantó como rayo, intentó cerrar la puerta con cadena. Too late.

Me gustaba oler los calzones de mi madre, en efecto el olor de la panocha es cálido. Ahora huelo mis calzones y me doy cuenta que el hacerte madre te da ese olor tan característico. No sé de qué depende, ¿hormonas? ¿Vejez?

¿En qué momento pasó?

¿El terremoto?

Hummm.

No sé.

No sé.

No sé.

Recuerdo una vida de lujo con mi mamá cuando era niña, luego recuerdo abrir el refrigerador y sólo ver una botella de Coca-Cola, de esas de vidrio. Recuerdo estar en la secundaria, regresar y abrir ese dichoso refri y encontrarme de frente con la miseria. También recuerdo haberla visto a aprender a poner diablitos después de un corte de luz. Recuerdo que fueron muchas veces. Recuerdo que poniendo un diablito conocí a la que es ahora casi mi hermana, ella nos ayudaba a no electrocutarnos, finalmente es ingeniera. Recuerdo que en sexto de primaria me llamó la subdirectora de mi escuela y me pusieron al frente de todos a la hora de la entrada, éramos una fila reducida, cinco niños a lo mucho. La subdirectora no se tentaba el corazón para evidenciar que nuestros papás no tenían dinero y que no nos dejarían entrar al salón a tomar clase. Recuerdo la vergüenza de haberle dicho a mis amigos que me acababan de inscribir en una secundaria pública. Los niños de 16 ya tenían su carro y yo aprendía a andar en metro, aprendí a agarrarme de los tubos de los microbuses para llegar a la prepa. Recuerdo que todos iban a conciertos, estaba de moda que vinieran grupos extranjeros venía Madonna, Michael Jackson, ¡New kids on the block! Pura música basura, pero “in”. Recuerdo que mis compañeros, mis amigos que fueron conmigo a la primaria se iban a ir juntos a ese concierto, ahí estaba Max, mi novio. Él iría con todos ellos. Yo hablé por teléfono para preguntar cuánto salían los boletos. Y 90 pesos de aquella época era mucho. Mi abuelo me daba 50 a la semana para mi escuela y nos alcanzaba perfecto para despensa y transporte.

90 era mucho, muchísimo.

Imposible ir.

Pero esos eran los sueños tontos de una niña tonta que se fue convirtiendo en darketa poco a poco, que saltó de ser la niña de buenas calificaciones a simplemente dejar de ir a la escuela en semanas.

Para qué aprender física, química y matemáticas si podía sentarme en algún parque a escribir, a expresarme, a sacar, exorcizar mis demonios.

Llegaba a la casa y siempre había prendido más de un aparato, la radio y la tele hicieron mancuerna. Ambas mantenían todo el tiempo un ruido blanco que nos permitía mantenernos en silencio sin molestia alguna. Sin mis pensamientos, sin los de ella. Era mejor debatir lo que decía el Dr. Lamoglia, Gutiérrez Vivó. El mundo era una basura, la gente era una basura, la música era basura. De eso sí podíamos hablar. Neurosis pura, material maravilloso, único para escribir y sentirse un chingón.


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Mi mamá escuchaba al Dr. Ernesto Lamoglia y dejaba la tele prendida, al mismo tiempo leía “Tus zonas erróneas” “Las mujeres que aman demasiado” y una serie de libros que ahora y desde entonces veo también como franca basura. Esos libros, esas ideas envenenaron a mi madre, le dieron cada vez más bases para odiar, para no perdonar, para justificar su odio a los hombres, para victimizarse, para seguir avanzando en el humanismo sin avanzar en lo laboral, lo emocional, lo amoroso.

Vomito estas palabras porque necesito vomitar a mi madre, expulsarla de mi cuerpo, sacarla, exorcizarla, como siempre lo he hecho con mis demonios. Para ella todos los hombres, de alguna o de otra manera, eran unos culeros. Nunca lo dijo así, pero era mi interpretación después de escucharla parlotear durante tantos años. Para mí, por ende, todos los hombres eran unos culeros hasta que me cogían y entonces eran gloriosos.

Siempre he pensado que mi madre es lesbiana.

Se entiende bien con sus amigas. Varias de ellas se emborrachaban y se abrazaban, algunas otras se besaban y se hacían pareja. Un día mi psicoanalista me dijo que quizá mi madre en efecto era lesbiana, que tenía miedo a hacer una pareja y que su único deseo era haber tenido a una hija, porque así tenía por fin su propio falo. Me recomendó ver películas como “Alas de mariposa” y “Las memorias de Antonia”. Recuerdo haber llorado mucho, mucho después de ver esas pelis. Recuerdo el vacío, el dolor y sobre todo la impotencia de ver que las cosas empeoraban, que ella no cambiaba, que yo tenía que asumirme como la cabeza de mi familia. Todo gracias al psicoanálisis.

César Illescas, César, Ces, Cecy…

Me enganché con un psicoanalista que sonaba su nombre como el de mi madre.

Pero era como mi padre. Él me abrazó cuando el llanto me inundaba. Él, sólo sus brazos me reconfortaron en mi juventud. Él me ayudó a recordar.

Tenía 3 o 4 años cuando la hija de una sirvienta me metió debajo de las cobijas. ¿Qué tocaba? ¿Por qué me tocaba? ¿Estábamos jugando? ¿Una niña de 14 puede jugar con otra 10 años menor? ¿Debajo de las cobijas? ¿Sin calzones? ¿Por qué quitarse los calzones? De pronto, alguien entró, no recuerdo si fue mi abuela o la sirvienta. Verónica me tocaba la panocha, y yo no entendía lo que hacía, en realidad ni siquiera me molestaba.

No se lo dije a mi madre, el momento terminó y no recuerdo haber jugado más con ella, ni siquiera recuerdo haberla visto después de eso. Quizá sólo fue un fantasma, un demonio.

Lo único que recuerdo es que tres años de terapia de análisis saca muchas cosas, y esa salió en algún momento. Recuerdo habérselo dicho a mi madre, ya adulta, ya grande, ya sin resentimiento. No se trataba de un reclamo, mi madre trabajaba todo el día para darme de comer, para mantener los lujos, la escuela particular, las vacaciones, la ropa linda, los juguetes. Eso cuesta, ahora lo entiendo mucho mejor, pues ahora yo hago eso mismo.

Eso mismo = trabajar todo el día y no ver a mi hija por mantener menos de lo que ella mantenía, (yo sólo puedo con la ropa, los juguetes y la renta). Sólo una vez llevé a mi hija al mar, otra vez a un balneario. Su ropa le queda chica. No, no he podido darle a mi hija algo de lujos. Pero le di un padre, que a mí me faltó.

Finalmente, mis traumas fueron rebotando en las pláticas con mi madre, le reclamé por qué no conocía a mi padre, le dije lo de Verónica, le reclamé por la falta de dinero, por no haber conseguido trabajo por tantos años, le reclamé porque dejó de luchar, porque se convirtió en una mujer llena de miedos, miedos que la vencieron. Yo no extrañaba los lujos, extrañaba a mi madre fuerte y trabajadora, prefería el miedo que ella me daba empoderada, al miedo que me da ahora su frustración, su castración, su falta de dientes, sus achaques de viejita, sus borracheras.

¿En qué momento mi madre comenzó a tomar?

¿En qué momento renunció a ser feliz?

Mi madre odia a su madre.

Yo tengo pánico, pavor que mi nena me odie a mí y que si ella tiene hijas la odien a ella.

Romper con esta pinche herencia es por lo que escribo hoy, por lo que iré de nuevo a terapia.

Yo soy la protagonista de mi vida, me acaban de decir.

Así que la estoy escribiendo.

Llevo unos cuantos meses entendiendo que la pobreza que padecimos mi madre y yo, la falta de techo, el miedo a que nos corrieran por no pagar la hipoteca o la renta, ese persecutor, ese miedo a que el temblor siempre estuviera en nuestro techo, que el movimiento siempre fuera parte de nuestra vida, una vida llena de mudanzas, de cambios, de una escuela y otra, de un lugar y otro, de no tener raíces, ni amigos de la cuadra. Es miedo sólo estaba en mi cabeza, y en la de ella.

Todo eso, ya no está en el pasado, está en mí.

Depende de mí mandarlo a la verga.

Chingármelo.

Desaparecerlo.

Sacarlo.

Exorcizarlo, como exorcizo a mis demonios siempre.

Escribiendo la verdad, con el corazón.

Los árboles de Navidad siempre han sido para mi mamá algo especial, la época en sí es de las cosas que ella ama más en la vida. Aún sin dinero, siempre se las ha ingeniado para adornar bonita su casa, ahora mi casa. Una Navidad “se le pasaron las copas” ¿así se dice, no? Es una forma lastimera de decir que mi madre se puso borracha, peda, hasta su madre pues. Y entonces ella cayó de frente, usaba una falda larga y perdió el equilibrio. Fue la primera vez que escuché que tiene osteoporosis, creo que tanto cigarro poco a poco fue penetrando sus huesos hasta dejar su estructura débil, porosa, casi hueca.

Mi madre se fue de frente, su hombro quedó incrustado en el filo de una pared que lo pulverizó y lo dejó desprendido. Decía que no tenía nada, que estaba bien. Al día siguiente, en la tarde su brazo colgaba, la silueta del hombro simplemente había desaparecido. Cuando la vi de frente supe que eso no estaba bien. ¡Vámonos a urgencias! A correr, vamos, vamos, vamos, ¿a dónde?, si estamos en Ecatepec, si es un día después de Navidad. Pasamos de un hospital a otro y sin dinero, los hospitales de traumatología a los que uno va son simplemente horribles, agonizantes, espantosos.

Operaron a mi madre en la Cruz Roja. Nos pidieron unos clavos, vendas y no sé qué más.

Ya no recuerdo.

Recuerdo su rostro en la cama.

Recuerdo lo que decía cuando despertó.

Recuerdo que ya no tenía dientes.

Recuerdo su cara entristecida.

Mi madre había caído con todo, con todo.

Ella ya no era lo que fue, ya no lo sería nunca más.

Era 30 de abril, mi madre de nuevo estaba borracha, peda, hasta su madre. Mi hija ya estaba a mi lado. Íbamos a festejar el día del niño con mi nena, pero pasaríamos primero con Lola. La novia de mi madre, la “amiga” de toda la vida. Lola vive en una casa muy linda, con un jardín más lindo, lleno de plantitas y mil monerías que adornan cada espacio. Aunque abigarrado es un lugar bonito, con una bonita cantina. Ahí siempre hay alcohol. El que ustedes quieran, piensen, crean que debe haber en una cantina. Pasaron las horas y no fuimos a ningún parque, ni al cine. Nos quedamos en la cantina. Bonita cantina. Mi madre había mezclado anís (el cual siempre ha odiado) con tequila. Esa mezcla fue letal. Se cayó de frente. El resultado, un brazo roto y la cara morada. De ese moradocasinegro que no es padre, no como el mío con el que visto siempre, el feo, el de la carne machacada contra el asfalto del piso. Luces por todas partes, estábamos a media calle, carros pasando, mi madre parecía muerta. ¿Estaba muerta? Todo vertiginoso. Mi madre en el piso boca abajo. Carros seguían pasando. Cuando estaba a punto de caer, yo solté a mi hija para agarrarla a ella. Yo-sol-té-a-mi-hi-ja.


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Recuerdo el momento en que solté su manita, recuerdo ver a mi madre en el piso, recuerdo haberla dejado en el piso y alzar la vista y gritar, pedir auxilio. Recuerdo un taxi. Recuerdo mi hija atravesando la calle, corriendo, sin ver nada, jugando. Era día del niño. Ella estaba festejando. Recuerdo un enfrenón. Recuerdo que alcé la vista. Recuerdo las llantas. Yo gritaba. No paraba de gritar. Yo-sol-té-a-mi-hi-ja-por-a-ga-rrar-a-mi-ma-dre-bo-rra-cha-por-sal-var-la… por-sal-var-la. Pero mi madre cayó.

Algún día (varios) tuve la esperanza que ella se recuperaría, que volvería a trabajar, que sería aquella contadora que fue algún día.

Pero no. Ella no regresó nunca más.

De alguna manera soy huérfana.

Mi madre fue muriendo de forma agonizante.

Y yo.

Y yo.

He muerto también con ella.

La pinche culpa no nos deja en paz, la culpa no sirve de nada, ¿o sí? Sirve para regular las conductas, para no hacernos perversos, para salir adelante como sociedad. Pero esta maldita culpa, ésta en particular, a mí me ha dejado llorando muchas veces, me ha intentado arrojar por una ventana en Tlatelolco, me ha intentado ayudar a cortarme las venas, me ha hecho vestirme de luto muchos años. Esta maldita culpa me ha arrojado al vacío, he visto de frente el abismo más de una vez, en caída libre.

Esta maldita culpa no me deja avanzar, ¡dejar de ser su hija!

Quiero dejar de ser su hija y parece que para perdonarla tengo que adorarla, perdonarla, sentir compasión por todas las veces que fuimos al Monte de Piedad para salir y comprar cigarros, Coca-Cola en lugar de comida y libros. Tengo que perdonarla aunque me haya humillado tantas veces frente a mi esposo, mis amigos, mis novios, frente a mí misma.

Aun así hubo buenas fiestas.

Después del temblor mi mamá y yo fuimos damnificadas, regresamos a Tlatelolco cuatro años después de temblor. Ese departamento era hermoso, para ella era como chafa, porque era mucho más pequeño que el que quedó hecho escombros. A mí me gustaba el piso de parquet, me gustaba mi ventana, mi cuarto, encerrarme a escuchar música, me gustaba sacar el Gran Marnier de la vitrina y tomármelo, quedar ahogada de alcohol sin que ella se diera cuenta que amanecía cruda, con la cola ensangrentada de todas las madres que me metía para masturbarme.

Las tijeras eran mis favoritas.

Eran unas tijeras grandes, de esas que usan los polleros.

Yo usaba las tijeras y usaba una madre para hacerse baños vaginales. Me encerraba en el baño. Según me bañaba, según sólo hacía eso. El sol entraba a las cinco de la tarde por la ventanita pequeña del baño, el azulejo azul-azul quedaba cubierto y me envolvía en una luz intensa. Metía una grabadora y ponía mis casetes para escuchar música, inspirarme.

Los primeros verdaderos placeres del orgasmo los viví ahí, en el baño.

Nunca hablaba de sexualidad.

Ni de hombres.

Llegó a tener uno que otro novio, pero duraban poco. Sólo Juan duró lo suficiente para que se fuera a vivir a la casa. Juan era horrible, de todos los hombres con los que anduvo, por mucho, era el peor. Alcohólico, chaparro, idiota como él solo. Según muy inteligente, pero esa inteligencia era como de oficinista chafa.

Cómo me cagaba Juan.

La fortuna es que un día mi mamá agarró sus cosas y las echó a la calle.

¡Bien mamá!

Un pequeño triunfo para una madre soltera, un gran triunfo para una hija malcriada con ganas de tener a su madre siempre para sí.

Desfilaron otros novios como Guillermo Trapero (el amor imposible de mi madre), el más hermoso de todos; también tuvo uno que tenía una voz grave seductora, ya olvidé su nombre, ese hombre era un catrín, su loción dejaba una estela cachonda desde el elevador hasta mi casa y de regreso; y estaba también el tenista, ese me quería mucho, y tenía un gran nombre Genaro Siller.

Siller me gustaba, por su apellido y su cariño hacia mí, por su barba, por sus pláticas, por los juguetes, por los dulces de corazones perfumados.

Tuvo un novio que me llevó a mi primera pinta a Chapultepec, yo iba en la secundaria, él no creía que nunca hubiera ido de pinta, no lo creía. ¡Cómo! Era difícil decirle que mi mamá no soportaría una rebeldía de ese tamaño, que sus ojos como fuetes en mi espalda, terror, pánico pensar siquiera en la posibilidad de irme de pinta. No, jamás, yo era niña perfecta de 10, yo era niñamodelosiemprede10. No. Yo no. Jamás.

Pero un día el novio de mi mamá la convenció de llevarme de pinta. Subimos a la montaña rusa, recuerdo los gritos, recuerdo que mi mamá se quedó abajo mirándome. No recuerdo el nombre de ese señor, sólo que era alto y usaba bigote, recuerdo que por primera vez sentí que tenía un papá. Un  papá conmigo en la montaña rusa de Chapultepec. Un papá conmigo gritando juntos. Un papá al que podía agarrarle la mano ante el miedo de la velocidad, de la vida, de la adolescencia. Un papá vertiginoso y divertido. Un papá para mí.

Mi padre de alguna forma fue mi abuelo.

Don Benja firmaba mis boletas, me abrazaba, me llevaba de la mano al zoológico, me compraba donas en la noche, me decía “mija”, me decía: “Tú siempre serás mi hija y nadie puede decir lo contrario”. Don Benja recibía mis regalos de día del padre, pero yo bien sabía que era mi abuelo.

Aun así mi papá se encargó de darme todo lo necesario para salir adelante. Me dio su apellido, sus gritos, sus regaños, su jabuco de España, su amor por el cine, su adoración por Marcello Mastroianni, sus tangos, su amor por Argentina, por Brasil…

Hasta el día que murió mi papá fue Don Benja.

Cuando mi madre ya no consiguió trabajo, él, sólo él, me daba 50 pesos para la semana. Nos alcanzaba para comer y yo para ir a la escuela.

Una vez nos dio 400, creo que para pagar algo de la añeja y endeudada hipoteca o para pagar la añeja y endeudada luz, ¿o el teléfono? No sé. Era la primera vez que no había dinero para un árbol de Navidad. Y como ya les dije, la Navidad para mi madre era importante, por ende para mí también. Yo tomé esos 400 pesos de la bolsa de mi madre, sin considerar cualquier deuda que era urgente de pagar en verdad. Me valió madres. Fui al supermercado y compré el árbol más bonito, recuerdo que apenas me alcanzó para el taxi.

Cuando mi mamá vio el árbol enfureció, ese dinero no era para el árbol, era para algo mucho más importante que un árbol natural que se mezclaría en el aire de nuestros pulmones por lo menos un mes.

Recuerdo que me gritó, me regañó.

Esos gritos se hicieron frecuentes.

Es fecha que no se van de mi vida.

Mi madre y yo no podemos hablar.

Ahora la evito.

Prefiero tratarla como si no existiera, porque cuando las cosas van bien, cuando creo que nos hemos perdonado, sale de nuevo su rencor, el mío, sale lo culera que soy, lo cruel, lo ojete de mierda que soy sale con ella y de ella conmigo. Somos como la dinamita y el cerillo encendido, somos la mugre saliendo de la uña con cuchillo, somos mierda y excusado. Juntas somos dinamita, encendida, a punto de ser explotada.

Mi madre habla a veces (creo, ojalá) sin pensar. Me ha dicho cosa feas, me ha hecho llorar, me ha hecho sentir gorda, me ha dicho me visto mal, que no tengo cintura, que soy una fodonga, que no puedo ni arreglar mi casa (su casa), que me veo fea cuando me maquillo como me maquillo.  Ha criticado a mi esposo, me ha dicho que mi hija necesita a su madre y como no estoy con ella más tiempo, me ha dicho que pudo abortarme. Me ha dicho que pudo abortarme. Que pudo abortarme.

Abortarme. Con eso me ha dicho todo. Cuando llevo años manteniéndola, cuando cada vez que abre la boca es para criticar algo, cuando mi hija no tuvo a su madre cuando la debía tomar de su mano, agarrarla fuerte y no dejarla atravesar una calle.

Ella no habla, sólo parlotea. Parece gallina.

Escribo eso y se me enchina el cuero.

¿Cómo puede uno perdonar eso?

Cuando le hablé a mi madre de Verónica ella simplemente no me creyó, me dijo que ella siempre estuvo al pendiente de mí, que no era posible que esa muchachita me hubiera metido sus dedos, no, no, no. IMPOSIBLE, pues era la mejor madre, la que estaba siempre al pendiente viendo si los calzones tenían sangre o no. La me que obligó a ponerme un dispositivo cuando supo que su hijitaniñade10 ya cogía. No fuera que se embarazara. No fuera que se embarazara de alguien que no quisiera. No fuera que se embarazara de alguien que la abandonara. Todos los hombres son culeros, dejan a las mujeres, las ignoran, les dicen que las quieren y luego se hacen pendejos, salen corriendo y no se hacen responsables de su propio corazón. No fuera que su hijitaniñade10 se hiciera como su propia madre. ¡Qué horror!


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Mi madre me reclamó porque tiré mi casita de muñecas. Esa casita era importada. ¿Cómo alguien querría destruir una casita de muñecas importada? Caray, era importada, había salido carísima. Una adulta que algún día fue una niñade10 debía tener siempre su casita de muñecas impecable, para seguir jugando.

¿Por qué vendí unas muñecas si mi madre las peinaba y les ponía tubos?

¿Por qué agarré a martillazos mi perfecta e importada casita de muñecas? La que tenía hasta ratones en su trampa, la que tenía un reloj de cuerda, un una lavadora de trastes de cuerda, la que tenía cosas más bonitas que mi propia casa. ¿Por qué hacerla pedazos? ¿Por qué pulverizarlas en un ataque de ira? ¿Por qué sentirse liberada después de romper cada pedazo?

A mí ni siquiera me gustaban las muñecas.

Una vez me regaló un microscopio, de verdad ese fue el mejor regalo de todos. Vi plantas, insectos, perfume y sangre. La sangre en el microscopio es hermosa, y el perfume más hermoso aún. Descubrí una hormiga con alas, vi las burbujas de la sangre y del perfume. Yo era una niña científica. Pero mi mamá decía que sabía escribir bien, que era lo mejor que hacía, que debía ser periodista, ella lo sabía porque me conocía bien, porque ella era mi madre y me había observado meticulosamente. Yo debía ser periodista, como su amigo Francisco Mendoza, él me conseguiría trabajo, seguramente. Estudiar periodismo era lo mejor.

Pero no.

Yo no quería eso, en realidad no sabía qué quería.

Claro que ante la insistencia uno quiere quedar bien con su madre. La madre es el primer amor, para mí era el primero, el segundo y el todo.

¡Por supuesto que me volví buena escribiendo! Gané concursos de cuentos desde la primaria, tuve mi primera revista a los 10 años, estudié comunicación. Y a pesar de eso, no, no fui periodista.

No lo soy.

No lo fui.

No lo seré.

Ella quería ser periodista de joven, eso me dijo varias veces, por eso me puso el nombre de una reportera de una novela, sí, era una reportera en una novela negra, que aunque no recuerda ni el nombre ni el autor estaba segura que era reportera y que así sería su hija. Esa era yo desde niña.

Erré mi camino, casi cumplo 40 y no sé qué quiero, no sé cómo perdonarla, no sé cómo quedar en paz.

He soñado con matarla, he soñado con comprar unas flores blancas, ir con don Remy, el botánico. Él un día vio cómo me gritaba mi madre en la calle, se me acercó mientras me detenía la cara devastada. Me dijo que había una fórmula secreta, que se necesitaban flores blancas, que no dejaba huellas, que era una muerte dulce, un sueño y no más. ¿Cómo le haría eso a mi madre? Ahora sólo deseo pedirle la fórmula secreta, esa que hace que uno duerma junto a unas flores blancas y al día siguiente simplemente no despierte. Un largo sueño. Morir así es hermoso, ¿no?

Va a ser diez de mayo.

Tengo algo de dinero en mi bolsa.

Frente a mí hay un puesto donde venden flores.

Sí, hay un ramo de flores blancas, se ven lindas.

Es diez de mayo.

Es día de la madre.

Yo soy madre.

Merezco un regalo, ¿no?

Ella es mi vicio, mi odio y mi amor, ella ha llenado todo.

¿Qué hace uno cuando ya no toma alcohol? ¿Cuando deja de meterse tachas? ¿Cuando deja las anfetas? Hay drogas más duras.

Yo lo sé, he probado todo.

Y mi mejor vicio es ella.

Mi dolor

Mi amor.

Mi odio.

Mi todo.

Mi madre.

¿Tendré todavía el teléfono de Don Remy?