Dura lex sed lex

El trayecto será largo, difícil y agotador; muchos no conocerán el nuevo territorio. El barco navega sobre aguas hostiles, cada golpe de sal contra la proa agita el corazón de los tripulantes. Una mujer cae al agua sin que nadie note su ausencia.

A bordo del navío, un pequeño tumulto de mujeres, hombres y algún tipo de animales deformes y monstruosos han abandonado su isla. La tierra se aleja, pero aún es visible, entre sombras nebulosas, un hedor a muerte, a soledad y cansancio.

Cuatro hombres suben una pequeña embarcación a cubierta con dos niños moribundos a bordo… Una anciana de cabello cobrizo fija el rumbo de la embarcación a partir de nigromancia: los espíritus señalan hacia la Cruz del sur.

Mientras la tripulación trabaja en las restauraciones inmediatas de la nave, un hombre de un aparente linaje supremo repudia su condición humana. Antes del colapso que devastó el territorio, su única hija había aniquilado la honra familiar a voluntad propia (hay quienes llaman a este acto «mal de amor»).

Contra su voluntad, exe homo debe cumplir los códigos de conducta del grupo social al que pertenece. El castigo contra la ignominia filial solo se cubre con la purificación de la sangre y el sacrificio.

Sin embargo, el esplendor de esa sociedad se ha diseminado entre la espesura del mar. El orgullo de su raza se desmorona. La función social de la honra, en este momento, en estas circunstancias, pareciera un acto absurdo de fatuidad humana, de necedad indolente (piensa el hombre), pues quienes supieron de la ofensa no han sobrevivido y el pueblo al cual se había destinado la Ley, ha perecido. Solo se escuchan lamentos de gargantas sepultadas en el aire y aullidos moribundos, alentados por un instinto de supervivencia.


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En una especie de ritual pobre, el hombre se coloca vestiduras bélicas, rudimentarios atavíos reales, cubre de hollín sus pómulos (ya de por si ennegrecidos por la sangre reseca de sus compañeros caídos), inclina medio torso y saluda a su espada de guerrero.

Afuera, el mar y las gargantas vibran al unísono. Adentro, la hija observa aquél ritual sabiendo lo que está por ocurrir… el sable penetra el blando vientre, lo traspasa y da vuelta taladrando cualquier posibilidad de vida. Ella muere despacio sin despegar los labios. Se miran por última vez, por última.

El hombre sale a cubierta enajenado. Algún tripulante lo mira despacio, sabiendo lo que ha ocurrido allá adentro (alguien, cuyo rostro es parecido al de quien realiza esta lectura)… Desde el umbral de sus ojos, el padre llora; y en la mansedumbre de su tristeza se instala el cuestionamiento y el poco valor que se atribuye a “la excepción a la regla”.


Érick David Delgado Morales  nació en Ocotepec, un pequeño poblado al norte del estado de Morelos. Es Licenciado en Letras Hispánicas y Maestro en Estudios de Arte y Literatura por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Ha trabajado como Promotor Cultural de la Ayudantía Municipal de Ocotepec (en Cuernavaca), como narrador oral y/o cuentacuentos en distintas escuelas de nivel básico y como tallerista de dibujo y literatura para el Centro Cultural Quetzalcóatl A. C. en Temixco. David es futbolista amateur, promotor cultural independiente, docente a nivel preparatoria y actualmente forma parte del proyecto “La Carreta Cine Móvil” de la Secretaría de Cultura de Morelos.