Pero en cuanto a vosotros, vuestros cadáveres caerán en este desierto

Núm. 14, 32-34

Es inspirador ver desfilar en la inauguración de los Juegos Olímpicos a la delegación del Comité Olímpico Internacional, delegación de los expatriados; sus historias conmueven a los televidentes, no importa que no ganen medalla, están ahí compartiendo la ilusión de los dioses del Olimpo; es porque son como dioses viejos (sin suelo), dioses vencidos (sin patria), cual figuras míticas que no tienen dónde volver, cual deidades quebradas al viento que son olvidadas. Representan eso, nada, son nada, son sobrehumanos o suprahumanos desfilando entre las nubes. Sin Estado, sin derechos, solamente con esperanzas.

Ellos, los que han tenido que salir del suelo donde nacieron, representan a los que han huido de la nación que les dio nombre, historia, patria. Pero también representan a los que se quedaron, a esos que no han podido o no han querido salir, porque se resisten a dejar su techo destruido, sus valijas, sus muertos.

Los negados de todo tiempo y lugar son números moviéndose por el globo, manadas de sapiens desplazadas. Son apartados, se convierten en arrimados, en peste, en nada. Apenas son humanos, seres que caminan entre los escombros de sus ciudades destruidas por la fuerza, de su familia esparcida en pedazos, de su carne tirada al sol, de su sangre que corre entre las piedras, los desplazados que caminan a las orillas de los caminos en todo continente.

Siria, Afganistán,Somalia, Sudán, El Congo, Myanmar, Colombia, son ejemplos de pises que han abortado ciudadanos, tirándolos a la deriva; México no se queda atrás, con una tradición cruel de despojo a los pueblos originarios, relegándolos a las tierras de nadie, a las menos fértiles; donde el hambre impera. Como ejemplo tenemos los suicidios tarahumaras, de ese pueblo que reivindica su dignidad terminando con su vida antes que el hambre lo haga. La violencia ha generado una nueva ola de desplazamiento humano: Chiapas, Guerrero, Michoacán, Tamaulipas, son ejemplos de entidades donde las personas han abandonado todo, generando nuevos pueblos fantasmas distantes de convertirse en atracción turística. Sin dejar de mencionar los cientos de centroamericanos que cruzan el país, que no tienen nombre, que desaparecen, que jamás aparecerán en cifras oficiales de desaparecidos, porque nunca estuvieron de forma legal en el país.

Chechenia ha ocasionado un nuevo grito al crear un campo de concentración para homosexuales, Europa, África y Asia tienen campos de refugiados, Estados Unidos mantiene Guantánamo, donde simplemente el derecho está ausente, donde la enfermedad, la muerte y la crueldad se hacen presentes.

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En palabras de mi editor “Las acciones bélicas y económicas de los países ricos denotan una crueldad equiparable a la de dictadores y asesinos en los países pobres”[1]. Las naciones que bombardean plazas estratégicas son aquellas que se levantan como investigadores e impartidores de justicia contra aquellos que violan las garantías individuales. y no sólo de las acciones u omisiones de los países poderosos, también de los que no lo son, de las naciones en vías de desarrollo que simplemente se atrincheran en su papel de naciones tercermundistas.

El discurso de los derechos humanos raya en meras ilusiones en medio de la sed y el desvarío por la paz y la justicia. Las naciones poderosas dicen proteger los derechos inalienables e inherentes a todo ser humano en calidad de ser humano.

Los que claman justicia, los que defienden la democracia, son los mismos que abren heridas que aún no cicatrizan en la terrible historia de la humanidad. Hipocresía de los Estados que deben ser garantes de los derechos de sus ciudadanos, pero que al mismo tiempo excluyen, lanzan a guetos a la humanidad, a campos de refugiados donde esos seres vivientes no gozan de ciudadanía, arrimados en nuevos campos de concentración; o a las periferias de las grandes ciudades, a los barrios bajos, zonas rojas, de tolerancia, a las favelas del mundo donde apenas se dedican a sobrevivir.

La ONU es un aparato burocrático lleno de buenas intenciones, donde las grandes naciones se disputan el poder, donde la mayoría de los países carecen de representatividad. En realidad a las potencias armadas les importa poco lo que las Naciones Unidas puedan decir o dejen de decir, sin embargo no se puede negar que ese organismo es un pequeño logro de la humanidad, un esfuerzo por salvaguardad los intereses de toda ella, de poder tener una vida digna y en paz.

Los países que pueden, los que ocupan lugares permanentes en el Consejo de Seguridad, son los mismos que crean tensiones internacionales, que juegan a los soldaditos con vidas humanas, que se levantan como salvadores de la humanidad. Son ellos quienes han creado el derecho internacional para velar por la estabilidad del mundo.

El Derecho Internacional dice basarse en los derechos humanos, derechos que al parecer solo se toman al servicio de los intereses de esas naciones que sí tienen suelo, que sí tienen recursos, que tienen riquezas porque todo eso, incluso si no lo tienen, lo pueden conseguir. Lo pueden tener, porque ellos son los garantes de la democracia, de la paz y de la estabilidad, son los cuidadores máximos de eso que la humanidad ha llamado pomposamente Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Ellos, que por techo tienen las estrellas, miran al frente y nos miran a nosotros, exigen respuesta, una respuesta histórica, real, respuesta que la humanidad se debe a sí misma, que deje de lado a Némesis, la venganza, pero que no olvide, que tenga memoria, que recuerde, que sepa, una respuesta que permita que ningún ser humano sea apenas sólo un ser humano.

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No me levanto en contra de los Derechos Humanos, esos derechos deben ser garantizados, pero cómo pensarlos en éste contexto, cómo hacer para que esos estados que deben garantizar los derechos no sean los mismos que los violen, para que no se solucione todo con una simple disculpa; debo decir que no tengo una respuesta, yo sólo tengo una pregunta, pero hay miles de seres humanos que tienen un grito desesperado, que tienen el dolor atravesado, que exigen respuesta.


[1] Agradezco las valiosas aportaciones del editor

Fotografías: Sebastiao Salgado, de su obra «Éxodo»


Gricho: Arriero, campesino, pseudoescribano; gusto de los tamales, el mole poblano, una tortilla con salsa de molcajete, el café de la abuela; los sabores, olores y colores nuevos. Solamente intentando ver el conflicto sin querer solucionarlo.