El ser humano es tan evolucionado como su manera de ver pornografía. Para ser honestos, lo acabo de inventar para introducir mi reflexión sobre el uso que el hombre le ha dado a las nuevas tecnologías para autoerotizarse. Siento miedo de reconocerme viejo al decirlo así pero, en mis tiempos, a lo más que se podía acceder para fantasear con los placeres del sexo eran las revistas y películas presta-robadas de algún familiar o de los compañeros de secundaria. Recuerdo los calendarios Comex que me regalaban, donde cada mes aparecía una modelo en traje de baño. No obstante, ya no era el niño de primaria que se conformaba con eso, así que un día, buscando entre las revistas Año cero y Muy interesante de mi tío (que hablaban de ovnis y fenómenos paranormales) encontré una revista con una mujer desnuda en la portada. Lleno de curiosidad y miedo a ser descubierto, comencé a hojearla para ver a esa enfermera exhibiendo las nalgas en una página, mostrando la vagina cubierta de vellos negros en la otra.

A riesgo de parecer menos heterosexual, confieso que no fue tanta la excitación como mi asco, pues nunca había visto unos genitales tan expuestos, tan reales, acompañados del olor penetrante y desconocido que venía de la revista. Pero el asco es un cristal muy frágil y la curiosidad un martillo que golpea lento, pero fuerte. Así, pienso en todo el material erótico que conseguí con el afán de satisfacer mi deseo.

Estos ejemplares, si mi memoria no me falla, podían variar desde una revista hentai, en blanco y negro, con personajes cuyos ojos y cuerpos siempre eran más exuberantes de lo que la raza japonesa es en realidad; pasando por revistas como “Las chambeadoras”, publicaciones semanales editadas en México donde se exponían vivencias de colonias populares, talleres mecánicos, colegialas, etc.; hasta llegar a los DVD de películas gringas con doblaje castellano, llenas de tías, hostias y pollas.

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Si me pongo a pensar qué tenían en común todas estas publicaciones mi primer respuesta es que nada, ya que en ellas se representaban diversas situaciones: una alumna que quiere pasar de año y está dispuesta a todo; un padrastro ebrio que se percata de que su hijastra ya no es una niña; un doctor que revisa un poco más de la cuenta durante el chequeo médico a una jovencita; chicas ebrias que hacen de todo en su graduación, etc. No obstante, descubro una de las cosas que comparten: son personas que, aunque ficticias, pueden cometer los actos que habitan en mi mente. Así, me descubro viviendo a través de lo que la pornografía me ofrece: fantasías de mujeres y hombres con excelentes físicos, dispuestos a tener sexo a la menor provocación (y durante todo el tiempo del mundo). Pero de eso ya se ha hablado bastante.

Desde hace algunos años está en boga dar un paso más en el mundo del erotismo audiovisual. Los usuarios ya no se conforman con ser espectadores, sino que quieren ser partícipes del erotismo colectivo. ¿Cuántos de nosotros no hemos visto esos videos de colegialas haciendo sexo oral en un salón de clases, o de jóvenes ebrias que son manoseadas por sus amigos mientras ellas ríen? ¿Soy el único que se excita más si quienes tienen sexo usan uniforme? Ya no somos aquellos que se graban y ocultan el VHS. Ahora queremos que los amigos, y el mundo, sepan a quién nos cogimos, desde cuándo espiamos a través de una ventana, cómo l@s convencimos, qué nos decían durante el acto.

Pero, ¿cómo llegamos a esto? ¿En qué momento preferimos arriesgar la intimidad de nuestras parejas, casuales o estables, con tal de sentir el placer de que otros nos vean? ¿Por qué una joven permite que le graben la cara mientras está gimiendo? ¿Será que soy un machista que no permite que las mujeres vivan su sexualidad? ¿Soy un hipócrita por espantarme y a la vez estar esperando que algún exnovio publique el nuevo video venganza de alguna colegiala?


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Actualmente, desde el teléfono se puede acceder a internet y a las redes sociales donde las publicaciones, propias y de los otros, pueden ser agrupadas mediante hashtags según campos semánticos y de interés o algún tema conformado por varias palabras. Recientemente me topé con una serie de hashtags muy similares entre ellos #putipobres, #pobrezafilia, en los cuales se pueden encontrar imágenes de amigas, novias, exnovias y primas en poca ropa o desnudas, incluso algunas teniendo sexo, pero siempre con la condición de verse expuestas en su entorno. Es decir, no es una sesión fotográfica donde el fondo deba ser estético, sino más bien parte del deseo es saber que se trata de una joven de bajos recursos, que vive bajo techo de lámina, con pisos sin azulejos, o paredes sin aplanar. Me pregunto si tal vez el hecho de ver esas casas pobres con habitantes jóvenes y de buenos cuerpos me produce cierta superioridad. O si, por el contrario, me siento identificado con las condiciones de vida: porno de pobres para pobres. También veo cómo se alimenta en mí la esperanza de estar con una de esas chicas, piel morena clara y ropa interior barata.

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Me pregunto si la tecnología ha reestructurado nuestra forma de pensar, quitado nuestros viejos prejuicios. O tal vez siempre hemos sido morboexhibicionistas, pero nos hacía falta internet.

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Ricky Morty Godinez. Se siente mucho, pero es buena onda. Sonríe en las fotos. Decía que no iba a trabajar en una oficina. Trabaja en una oficina. Muy friendzoneado. De niño quería escribir. No escribe. Le gustan las caricaturas.