Más allá del hecho festivo, la responsabilidad de inducir a cierta concurrencia a un estado de ebriedad no es cualquier cosa. Hay una dualidad moral en quien es capaz de provocar en un oficinista, párroco o político, una sazón de desprendimiento de la psique. Dicha dualidad consiste en el oficio de saber recibir el milenario deseo del hombre de desprenderse de sí mismo y volver al estado original, pues esta labor no siempre será bien vista aunque serán los mismos que en público lo condenan y lo alaben en privado.

Como hablamos de un oficio igualmente antiguo, es necesario ofrecer un decálogo que ayude a comprender mejor el fino arte de la embriaguez.

1.- El garbo: en algunos momentos de la Historia, la distribución, el almacenaje y la venta de alcohol fueron perseguidos duramente, por lo que no debe perder de vista que es usted un subversivo anacrónico; en el peor de los casos puede que además de anacrónico, sufra usted un desfase geográfico pues, así como en algunas sociedades ha sido perseguido, en otras ha sido fomentado. Pero como el desánimo no es una de las características del cantinero, es indispensable que aquel que se encuentre detrás de una barra o cantina, aprenda a cargar ese abolengo. Es necesario llevar con garbo esa rebelión tardía: es usted heredero legítimo de una ideología.


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2.- El oficio de guardián: no es un secreto el hecho de que el alcohol no siempre se lleva bien con aquellos que tienen el cuerpo sembrado de manías. A saber: resulta sencillo culpar a quien es presa fácil, la cara reconocible de un vicio que no es bien recibido. Pero no hay que caer en culpas. El cantinero de cepa conoce perfectamente su papel de celador. Recuerde: cada quién escoge sus cárceles y el alcohol es uno de los calabozos más socorridos. Así, aquel que esté dispuesto a entregar su vida al arte de la barra, deberá de reconocerse como el guardián de un penal sin condenas preestablecidas: cada prisionero es libre de salir cuando se lo proponga.

El cuerpo de Scroll manifestándose afuera de un bar.
El cuerpo de Scroll manifestándose afuera de un bar.

3.- La vista prodigiosa: una de las claves del éxito de un cantinero reside en su educación sentimental. Hay que considerar que quien considere ganarse la vida sirviendo licores debe ser, además de un ideólogo, un acólito del fermento. Debe tener el alma blanda como para que los pecados de los otros encuentren comodidad, pero también la mirada inquisidora de quien sabe reconocer los errores con sólo verlos. Así, pues, lo más recomendable es asistir al seminario en las mañanas y a trabajar en la cantina por las noches, pues con esta rutina se asegura la habilidad de reconocer a quien esconde detrás de sí una desgracia que grita desesperadamente por ser sublimada, pero con la seguridad para el penitente de que sus cuitas estarán en manos de alguien que no lo juzgará. Quien recurre al cantinero para curar sus penas debe tener como garantía que éste, lejos de recetarle rosarios o padresnuestros, conseguirá una penitencia medible en grados de alcohol.

4.- Vocación por la alquimia: es por todos sabido que el cuerpo humano es un prodigio de la química orgánica. Sin embargo, no hay nobleza más grande que la metabolización del alcohol por el organismo. Dicho proceso obedece a un fenómeno de la naturaleza humana que nos acerca a un estado en donde podemos danzar en la orilla del abismo sin caernos. Y en ese rubro, la credibilidad y gentileza de un cantinero se basan en la capacidad de reconocer la profundidad de aquellas fosas del espíritu. Quien aspire a ganarse la vida detrás de una barra, debe ser un sobreviviente de sí mismo, reconocer el fondo del Maelstrom del hombre, un baquiano del alma. Así, pues, nada debe sorprenderle o, al menos, nada relacionado con esa alquimia maravillosa provocada por el alcohol, que es el catalizador más extendido de todos.


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5.- Capacidad de masticar tormentas: a pesar de su natural inclinación hacia la comprensión, el perfecto cantinero también debe ser una atalaya de dureza. Dicha condición es normal pues, al ser las tabernas los lugares donde los hombres más sanguinarios y desalmados han ido a llorar sus desgracias, el cantinero adquiere la noción de que ningún hombre es infalible. Ello lo hace parecer duro ante los ojos de los parroquianos, pero no es sino la posición de ese que ha limpiado sangre y vómito de mortales que parecían más bien demonios. El perfecto cantinero debe saber masticar las tormentas de odio de aquellos que quieren doblegarlo, para así mantenerse siempre con la pureza de quien conoce la verdadera naturaleza que se esconde tras el disfraz de muerte.

 

Continuará.

 

Mientras, les dejo un par de himnos al alcohol: