Ya sea en 15 de septiembre o en Navidad, los niños exigen dinero a los padres para comprar cohetes. Sus intenciones al detonar la pólvora van encaminadas a iluminar la noche, amedrentar perros o hasta provocar espasmos en viejitas distraídas. Podría sugerir que el gasto de este entretenimiento debería contemplarse en el presupuesto anual de la familia cuando hay un hijo al que se le quiere ver sonreír desde el fondo, pero no es necesario, pues los niños siempre se salen con la suya; es decir, en esas fechas, aunque no se contemple, nunca falta el adulto que les extienda un billete para pagar ese «juego». Los pequeños disfrutan tanto la explosión y la luz de un cohete que, de ser necesario, ellos mismos eligen invertir su gasto escolar en fuegos pirotécnicos en vez de comprar los chicharrones rancios de su escuela.


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Por nuestra parte, asistimos a la plaza de nuestro municipio a contemplar la detonación de los tradicionales castillos, cuyas luces multicolor, iluminan y sorprenden hasta al adulto maduro más amargado y depresivo del poblado. Pero, ¿se han preguntado cómo es que se fabrican estos objetos de luz? Aquí les comparto una serie de fotos de los coheteros de Zumpango, en el Estado de México: hombres y mujeres que han aprendido a ganarse el sustento del día rodeados de diminutas bolas de pólvora que ponen en riesgo sus vidas.

No sólo es la luz que se derrama sobre la noche, sino también lo que se hace en la penumbra y que pocos tienen curiosidad de ver.

José Morales
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