Al pensar en mi infancia, me veo cautivado por el giro de mi trompo sobre la mano; sonrío abstraído. Estoy en el patio de mi casa: pantalón y short polvosos, cara, brazos y piernas chorreados de mugre seca. Llega mi abuela, de súbito detengo el juguete y corro a ella para estrellarme contra su vientre y abrazarla, pero antes de que eso suceda, me detiene de los hombros y me señala con asco que estoy muy sucio. Enterrando sus uñas en mi piel, estira mis brazos: me hace ver la mugre que los cubre. Agrega que ninguna niña se fija en niños cochinos, sino en los que siempre están limpios y arreglados. Al terminar de decir esto, suelta mis brazos, se aleja y me deja ahí, con el trompo en la mano, con el semblante afligido.

Derrida, en La Bestia y el Soberano, realiza una minuciosa investigación y analogía sobre la relación de poder en el Hombre. Cita la idea de Rousseau de que el soberano es aquel que representa el papel de lobo y que por medio del acecho, la amenaza y la fuerza somete a su rebaño, lo hace entrar en razón, lo prepara para devorarlo (el derecho del más fuerte).

Después de recordar ese fragmento de mi infancia, descubrí el ejercicio de poder al que fui sometido sin poder cuestionarlo: mi abuela me había impuesto su valor de la limpieza, ella representaba la figura del soberano y yo la del rebaño, la de la bestia. Por naturaleza, los niños somos vulnerables; seres de miradas huecas que no entendemos de leyes humanas, pero que somos alineados por nuestros padres, abuelos, hermanos mayores y después por nuestros profesores. Nuestras vidas se exponen al discurso del más poderoso para señalarnos los modos “correctos” de usar los cubiertos, que se debe pedir por favor lo que se necesita o que es mejor estar limpio y arreglado para las niñas, que sucio. Nuestro lienzo cerebral es llenado con información que acota paulatinamente nuestra libertad y, con ello, el espectro de posibilidades de reaccionar ante las circunstancias.


En su cuento, El vicio, Addyccion nos narra, de un modo ansioso y paranoico, las consecuencias que una mujer vive a lo largo de su vida a causa de la educación de su madre.


Fotos: José Morales
Fotos: Antares

La infancia no dista mucho de la madurez, pues en ésta también se asesinan libertades. Al alcanzar la mayoría de edad, cambia el lobo que acecha nuestra conducta, cruzamos un nuevo portal de control: nos hacemos acreedores a una lustrosa e irónica credencial de elector. Con ésta, firmamos ante el Estado una especie de contrato en el que se supone acataremos una serie de normas impuestas por su poder; desde luego las desconocemos. De algún modo pasamos de la soberanía de hogar a la soberanía de Estado con sus aparatos de domesticación y control que Althusser señala en Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado. La Iglesia, que da juicios de supuestas divinidades sobre una moral determinada; la Familia, en la que se acatan roles específicos que sostienen la reproducción de la fuerza de trabajo; y el aparato Jurídico; en el que interviene la milicia para la corrección y reprensión.


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Desde la infancia del rebaño, los aparatos ideológicos de Estado se le imponen. Ya en la adultez, con el conocimiento asimilado y naturalizado, también los impone, como mi abuela: una militante que, entrada en la razón del más poderoso, reactivó el ciclo sobre las nuevas generaciones que la rodearon. Si no haces esta tarea de adulto, como con las orejas de burro que te ponían en la infancia o la reducción de dulces por un mal comportamiento, en la vida adulta se intercambian esas sanciones por el desprecio social , la marginación, los hospitales psiquiátricos y las celdas o los calabozos. ¿El fin?, corregirte, hacerte entrar en razón.

Una nación no la hacemos todos los ciudadanos mayores con credencial de elector, son única y exclusivamente los del aparato político, los soberanos que dominan tu economía (¿cuántas cosas quieres, cuántas puedes?); y este porcentaje, por lo menos en México, es del 1% del total de la población, mientras que el porcentaje de las bestias, los niños entrenados, controlados y devorados por el lobo, es del 99%: cifra que engloba desde trabajadores temporales, oficinistas, comerciantes y profesionistas, hasta pequeños y medianos empresarios, según la Secretaría de Economía.

Dejar de ser niño, va más allá de una transformación física, pues ya en la madurez todavía te has de preguntar qué es lo que realmente te impide practicar el juego favorito de tu infancia, si cuando lo recuerdas o lo ves aplicado en los niños, quisieras repetirlo. Cuando te veas frente al espejo recuerda esa sabia frase, todos llevamos un niño dentro, muy a pesar de que haya sido reprimido, entrenado y haya cambiado su juguete favorito por el uniforme de un policía mal pagado y condenado por todos al «buen comportamiento».


Foto de militar: www.posta.com.mx