Diecisiete años han pasado desde el lanzamiento de American Beauty. Con todo y esto, mantiene su vigencia.

Estrenada en el 99, gestada por una de esas insólitas duplas entre el principiante en cine Sam Mendes y el guionista Alan Ball, esta obra nos cuenta la historia de Lester (Kevin Spacey), un padre de familia quien, a pesar de vivir en una idílica casa de los suburbios, manifiesta sus frustraciones profesionales, paternales, matrimoniales y sexuales al ser seducido por la belleza de la mitómana y precoz Angela (Mena Suvari), la íntima amiga de su hija adolescente Jane (Thora Birch). Este catalizador, polémico por implicar pedofilia, revelará minuto a minuto la desintegración que afecta a la familia de Lester, pero que, al mismo tiempo, motivará a que cada uno de los miembros se encuentre así mismo, reconociendo sus propios deseos y sueños por medio de personas ajenas.

Con esta obra, Mendes enhiesta un afilado puñal con el que tasajea la ideología estadounidense, provocando que, de la herida, escurra la antigua dicotomía del “ser o deber ser”, pero desde el corazón de nuestra sociedad occidental: la familia. El impacto de dicho discurso pone en tela de juicio el llamado sueño americano, en cuya “tierra prometida”, se cree que todo es abundancia, armonía, libertad y unión; no obstante, en American Beauty, es sólo un espejismo, pues al interior del hogar de Lester, cual cuerpo lleno de tumores, el cáncer se encuentra en cada integrante familiar. En su sometimiento a los roles, la moral, la educación y el progresismo norteamericano, los personajes se ven condenados a la reprensión de los propios sueños en pro de la familia modelo.

Ya David Lynch trataba el tema de las apariencias en el año 86 con su película Blue Velvet; es suficiente recordar la secuencia inicial, cuyo encuadre, muestra el jardín con las rosas frondosas de un ejemplar hogar estadounidense para encontrar las evidentes semejanzas con la escena de American Beauty, en la que la esposa de Lester también cuida con celo toda su casa. Para representar la ambigüedad, Lynch entierra la cámara en el pasto de un jardín aparentemente pacífico, logrando con insectos que combaten por una presa entre la tierra, una metáfora sobre la repulsiva y doble moral de la sociedad. En el caso de Mendes, la cámara es enterrada directo en el idílico hogar de Lester, consiguiendo con ello, la misma contradicción, pero reforzada por medio de la voz de ultratumba de su protagonista, una que desnuda, en retrospectiva, ese fingido comportamiento que viven él mismo, su esposa, hija y todos los personajes de la historia.

Crítico, simbólico, surrealista, pesimista y dotado de humor negro, Sam Mendes ofrece la historia en un inteligente montaje anacrónico en el que cada personaje se aleja del estereotipo con matices que humanizan y descartan a los posibles culpables de esas familias fracasadas. Los lugares comunes no existen, todos responden a una psicología sorpresiva y jamás traicionada, pero sobre todo honesta y comprensible.

Si a esto le sumamos una apropiada elección de actores y una interpretación descomunal, American Beauty es el tipo de película que, con todo y sus casi veinte años de antigüedad, te hará a extirpar el concepto de “familia” en pro de la armonía individual y grupal (por contradictorio que se lea); antes de que el pensamiento idealista de la eterna unión familiar, gangrene el interior de tu envidiable casa de jardines exuberantes y pintura de tonos pastel.

Ahora que tengas que convivir con la familia, hazte la pregunta: ¿ser o deber ser?, esa es la cuestión…


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Título: American Beauty, Dirección: Sam Mendes, Producción: Allan Ball, Bruce Cohen, Escrita por: Alan Ball, Fotografía: Conrad L. Hall, Música: Thomas Newman, Reparto: Kevyn Spacey, Annette Bening, Thora Birch, Wes Bentley, Idioma: Inglés, País: USA, Año: 1999.

★★★★★

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